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Titiriteros de circo ajeno

Cuando el insulto se disfraza de opinión en los medios digitales

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Titiriteros de circo ajeno
Los «titiriteros de circo ajeno» utilizan la tecnología y las redes sociales para difundir desinformación y teorías conspirativas. (SHUTTERSTOCK)

Así llamaba la madre de Gabriela Mistral a los «afuerinos» que, encandilados con los progresos materiales de la Vicuña de finales del siglo XIX, llegaban a Montegrande, donde la poeta chilena residía con su familia, alardeando de los cambios de la ciudad ajena como si les pertenecieran.

Ignoro si la frase es fruto del genio de la respetable señora, o eco de lo conversado con «sus comadres que costureaban junto a ella».  Lo que sí es constatable es que, más de un siglo después y traspasando fronteras, los titiriteros de circo ajeno siguen floreciendo como hongos después de la lluvia en nuestras pluviosas latitudes.

Pero hagamos una salvedad: nuestros titiriteros actuales difieren de los montegrandinos en el motivo del deslumbramiento; no son las novedades urbanas, sino ellos mismos y sus posibilidades —reales, aceptémoslo— de crear opinión porque la tecnología, y cierta laxitud democrática, les ha puesto frente a sus bocazas sofisticados micrófonos. Sufren de una autorreferencialidad casi patológica.

Lo ignoran casi todo, pero no se eximen de pontificar sobre cualquier cosa esperando alguna retribución de las muchas obtenibles en el mundo digital. A la par, ponen su mayor empeño en hacerse graciosos frente a determinados sectores y poderes.  Se desviven por ser socialmente legitimados.

En un programa producido por uno de estos titiriteros, ahora más envalentonado que nunca antes por el supuesto capital simbólico que le aporta su amistad con una autoridad extranjera, se invitó a hablar de sus avatares a un «científico y patriota» que, sin honrar la estirpe endosada, no vaciló en «perrear» frente a las cámaras con una de las animadoras. 

¿El objetivo del productor del espacio? Demostrar poder reclamando de manera destemplada a un funcionario del Ministerio de Salud Pública en Santiago, que le dijera qué está pasando con el consultorio del «científico y patriota», a quien presenta como víctima de una grave injusticia. Que la Digemaps rindiera un informe sobre irregularidades en la entrega de suplementos y medicinas a niños por ese consultorio, lo tiene sin cuidado. Lo suyo fue compeler al funcionario llamado por teléfono a decir lo que él quería oír. La procacidad de su lenguaje fue una provocación.

Pero cuidado con perdernos en lo claro. El insulto no fue solo estilo sin finalidades subyacentes, sino parte de una tendencia (¿estrategia?) global que en el área de la salud descalifica la ciencia e intenta suplantarla con teorías sostenidas por la llamada «ignorancia cultivada», tan cara al conspiracionismo.

Por lo tanto, no anda descaminado quien vincule el programa de marras con la visita poco después a la embajada norteamericana para hablar de protocolos «naturales» en el tratamiento del autismo —que no es una «afección» sino una condición del neurodesarrollo— con la intención manifiesta de trasplantar al país visiones anticientíficas y medularmente político-ideológicas.

Otros titiriteros del circo ajeno salieron en tropel a interpretar el recibimiento al «científico y patriota» y su patrocinador como un espaldarazo a prácticas que las autoridades dominicanas acababan de censurar. Si el publicitado gesto y el posteo en redes de la dueña del circo se asemejan a una banderilla en el lomo de nuestra cacareada soberanía, no preocupa a los titiriteros. Sí debe preocupar a las autoridades.

(Por cierto, el funcionario cerró el teléfono al insultador. Un aplauso de pie).

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.