Stan Getz en el recuerdo de quienes amamos el jazz todos los días
El sonido de seda que conquistó el mundo desde Manhattan

Ese club —pequeño, íntimo, abierto por Buddy Rich en la 64th Street, en Manhattan, a mediados de los años setenta— era un templo breve del jazz. No duró mucho, apenas un par de temporadas, pero en ese lapso acogió a la aristocracia del género. Allí vi y escuché a Stan Getz, ya maduro; y yo, un joven a quien todo le era nuevo y estaba tres veces enamorado: de la vida, del jazz y de quien me acompañaba.
Otros son ya mis romances, pero el jazz permanece, indócil y siempre nuevo, con una pasión que se reinventa en cada giro, ajeno al desgaste del tiempo, a la biología. No necesita del Día Internacional del Jazz, cada 30 de abril, para afirmarse. Le basta su propia intemperie, ese modo de estar en el mundo sin pedir permiso ni calendario.
Ahí estaba Getz en un ambiente distinto al de los grandes auditorios, cara a cara con el público, sin la distancia de la fama mundial de la bossa nova, sin la parafernalia de los festivales europeos. Buddy´s Place tenía la magia irrepetible de los clubes de Nueva York. Convivían el humo suspendido como una nube baja, mesas apretadas, el murmullo que se recogía sobre sí mismo cuando sonaba el primer compás. Rich, con su batería legendaria, alternaba entre presentaciones de su big band y noches más relajadas, invitando a figuras como Getz, Dizzy Gillespie o Zoot Sims. Era un territorio donde los gigantes regresaban a la cercanía de los viejos tiempos, antes de que el jazz se convirtiera en industria.
Ver a Getz allí, con su tono de seda, era muy distinto a escucharlo en un festival o en una gira internacional. El saxofón, tan reconocible desde los años cincuenta, adquiría en esas salas pequeñas un carácter más humano, casi confesional. En Buddy´s Place se trataba de hablar directo a unas pocas decenas de oyentes atentos, relevada la obligación de seducir multitudes.
Los giros del saxo de Getz
Getz volvió a Brasil a mediados de los años setenta, en un segundo período de convivencia con sus músicos. Grabó con João Gilberto de nuevo en The Best of Two Worlds (1976) y se rodeó de figuras como Hélio Delmiro, Oscar Castro-Neves, Hermeto Pascoal, Flora Purim y Airto Moreira. La energía era distinta; ya no era la frescura ingenua de los sesenta, sino una fusión más abierta, que absorbía el tropicalismo y el jazz eléctrico de la época.
En Nueva York todavía llevaba a Brasil en la piel. Camisas ligeras, una cierta languidez tropical en la mirada. Llegaba a los clubes como quien trae noticias de otra orilla. Alternaba standards de jazz con bossa nova, convencido de que esa mezcla ya era su idioma. Su sonido, incluso en la penumbra neoyorquina, seguía siendo brasileño.
Entre Brasil y el abismo
Aquel anochecer, el músico tenía aún muy cerca a Brasil, donde encontró refugio, algo más que una estética. Getz atravesaba entonces sus baches más oscuros de adicciones, arrestos, divorcios tormentosos. Pero cada regreso a la música brasileña parecía devolverle una razón para tocar. La bossa nova, con su suavidad engañosa, lo mantenía a flote cuando todo lo demás se desmoronaba. Fue su ancla.
Había sido, en los años cincuenta, la voz elegante del cool jazz. Su sonido sedoso lo distinguió en un mar de tenores ásperos. Sus frases flotaban con naturalidad. Fue un favorito del público y de la crítica, capaz de tender un puente entre la exigencia del bebop y la dulzura de lo accesible.
El éxito global llegó con la bossa nova. Jazz Samba (1962), junto a Charlie Byrd, abrió la puerta. Y con Getz/Gilberto (1964) llegó el estallido. La voz de Astrud Gilberto y el saxofón de Getz convirtieron The Girl from Ipanema en un fenómeno mundial. Millones de discos vendidos, premios Grammy, giras multitudinarias. Getz fue, por un tiempo, la cara luminosa del jazz.
Pero tras la luz vino la sombra. Drogas, alcohol, excesos. Arrestos, rupturas, conflictos. Peleas con colegas y promotores. El hombre de sonido aterciopelado escondía una aspereza íntima. Durante años, su carrera fue un vaivén. Seguía grabando, seguía tocando, pero sin la consistencia de los años dorados. Muchos lo daban por agotado.
El otro reencuentro
Mi otra epifanía con Getz ocurrió en 1992, también en Nueva York. En una tienda de discos, de esas que ya no existen, compré People Time. Era el registro de varias noches en el Café Montmartre, en Copenhague. Con un Walkman y unos auriculares, emprendí el vuelo de regreso a Santo Domingo. El trayecto fue demasiado corto para abarcar la despedida del maestro.
En escena, apenas un piano y un saxofón tenor. Stan Getz, con el cáncer mordiéndole los días, tocaba como quien dicta un testamento. El sonido meloso que había recorrido el mundo se transformó allí en una confesión desnuda. Sin artificios, sin concesiones. Solo la fragilidad de su saxofón y la complicidad de un pianista que entonces terminaba de revelarse: Kenny Barron. People Time devino parte de mi rutina en esos peldaños de mi existencia. Lo oía en todos lados y en interminables tenidas en casa de Arturo y Mayra Pellerano, enriquecido el jazz con el sonido de las burbujas de Épernay.
De esas noches danesas nació un disco doble que hoy resuena como una extremaunción musical. Años después, la edición completa, siete discos, permitió escuchar la totalidad del rito. Cada versión de Soul Eyes, cada variación de Night and Day, muestra matices distintos de un mismo adiós. Es el lujo de escuchar cómo un músico convierte la inminencia de la muerte en música.
En People Time se escucha a un Getz despojado de seducción. Ya no está la postal tropical, solo verdad. Lo que Coltrane había buscado en la intensidad mística, Getz lo alcanzó en la vulnerabilidad. Fue su manera de regresar al jazz, al núcleo duro de una música que nunca necesita más que honestidad.
Barron, el cómplice silencioso
En esas noches Barron se legitimó. Ya era un pianista respetado en Nueva York, había acompañado a Dizzy Gillespie y Freddie Hubbard, pero aún no tenía la consagración internacional. People Time le dio ese rango. No fue casualidad que, a partir de entonces, su carrera se expandiera con discos en solitario, tríos aclamados, la condición de maestro para nuevas generaciones. El nacimiento de Barron coincidió con la despedida de Getz.
Entre ambos crearon un espacio cerrado, casi litúrgico. El saxofón de Getz suena quebradizo, como si cada nota costara un mundo, y aún así está lleno de lirismo. El piano de Barron suena firme y a la vez etéreo, sosteniendo al maestro sin cargarlo demasiado.
El músico de Filadelfia pero criado en Nueva York ofreció unas pocas presentaciones más después de Copenhagen. Subió al escenario en California por última vez en un formato íntimo, a finales de mayo de 1991. La muerte le esperaba ya con urgencia. En junio y tres meses después de People Time, Getz moría en Malibú. Tenía 64 años.
Stan Getz será siempre recordado como el hombre que puso a la bossa nova en las listas de éxitos, el saxofonista de sonido sedoso que acompañó a Astrud Gilberto en un clásico eterno. Pero su verdadero legado está en People Time. Allí se despide del mundo con la soledad desnuda de su saxofón: humano, frágil, vulnerable, y, quizá por eso, más grande que nunca.

Aníbal de Castro