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Clausurando el experimento

Crónica de un golpe de estado bajo la sombra del huracán Flora

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Clausurando el experimento
El embajador estadounidense J.B. Martin. (FUENTE EXTERNA)

En la madrugada del miércoles 25 septiembre 63 todo se vino abajo. Los actores clave de clásicos de la sociología política, como Los que Mandan de Imaz y La Elite del Poder de Mills, cobrarían vigencia descarnada. Los poderes fácticos ponderados por Lipset en el Hombre Político se engullirían los cánones democráticos. Además, la Guerra Fría instalada en el centro del Caribe no admitía medias tintas o tibiezas bíblicas. Deprimido por lo que sería un fracaso propio y del presidente Kennedy, el embajador J.B. Martin rendía sus últimos servicios.

En sus notas del jueves 26 registraba. "El huracán estaba a 90 millas al sureste de Santo Domingo y se dirigía a Barahona. Actuaba de forma muy extraña, cambiando de dirección, tan pronto acelerando como deteniéndose, como Bosch. Llegaría a la costa a las 5 o las 6 de la mañana del viernes con oleaje de 8 a 12 pies. En Santo Domingo ya llovía. Chaparrones de agua empujados por el viento golpeaban la ventana de mi estudio. Las palmeras y los árboles grandes se mecían y el cielo estaba negro. Nadie sabría si el pueblo se habría lanzado a la calle a protestar por la caída de Bosch debido a la lluvia".

Eran los primeros efectos de Flora, un mortífero huracán que azotaría las islas del Caribe dejando a su paso más 7 mil muertos. Martin consigna como dato curioso que "Trujillo se afianzó en el mando suspendiendo las garantías constitucionales cuando un huracán (San Zenón) arrasó la capital". Al momento, todavía una tormenta tropical, era "muy peligrosa como la República".

Bosch envió el 26 una nota manuscrita desde el Palacio. "Ni vivos ni muertos, ni en el poder ni en la calle se logrará de nosotros que cambiemos nuestra conducta. Nos hemos opuesto a los privilegios, al robo, a la persecución, a la tortura. Creemos en la libertad, en la dignidad y el derecho del pueblo dominicano a vivir y a desarrollar su democracia con libertades, pero también con justicia social. En 7 meses de gobierno no hemos derramado una gota de sangre ni hemos ordenado una tortura ni hemos aceptado que un centavo fuera a parar a manos de ladrones...Los hombres pueden caer, pero los principios no..."

"King y Shlaudeman vinieron a las 12:30 de la noche. Nuestros agentes habían hablado con los jefes políticos. Nos parecía que el nuevo régimen no funcionaría. El Triunvirato entregó los ministerios a los partidos. La policía se estaba poniendo dura con los detenidos políticos. Dentro de unos días el régimen se vería disparando...Muchachos con piedras y la policía con gases lacrimógenos. El régimen iba directo a la represión. La policía detenía sin razón a los ingenieros.

Yo quería hacer caer el régimen golpista para volver al constitucionalismo y evitar la tiranía. Era el mejor momento, pero ¿cómo? El error crucial del Triunvirato fue entregar los cargos ministeriales a los partidos opositores minoritarios. No tendría éxito con esa base. Hablaríamos con Tavares Espaillat, escogido para agradarnos, para convencerlo de que ese gabinete multipartidista no funcionaría y del peligro del dominio militar. Y persuadirle a renunciar. Si lo hacía, tal vez el Triunvirato caería. Trataríamos con los jefes de partido su retiro.

El viernes 27 por la mañana King me informó que Balaguer decía que el gobierno de EE. UU. estaba detrás del golpe. Vallimarescu afirmó que la prensa norteamericana, incluido el Times, condenaba severamente el golpe. Nuestros periodistas evaluaban terrible la actuación del Triunvirato. Tavares insistía en el reconocimiento de EE. UU. El levantamiento en Haití fue aplastado. También allí todo había terminado.

A mediodía King informó que Tavares, nuestro key person, no respondía los mensajes ni tampoco los jefes de los partidos. Decidí escribir un telegrama. Decía que, si bien los triunviros eran personas decentes, el gabinete estaba en manos de políticos desacreditados conflictivos, algunos enemigos nuestros. Y que el poder real lo mantenían los militares, sobre todo Wessin y algunos de los peores trujillistas,

El régimen desesperaba por el reconocimiento de EE. UU. Llevábamos mucho tiempo diciendo que creíamos en el derecho del pueblo a escoger a sus propios gobernantes. Era el momento y el lugar para demostrar que lo decíamos en serio. Debíamos oponernos a este golpe. En principio no era Bosch ni el liberalismo ni siquiera la izquierda no comunista de Latinoamérica: era el derecho del pueblo a escoger a sus jefes.

Debíamos dejar claro al pueblo dominicano y al hemisferio que fomentábamos la democracia constitucional, no el gobierno militar. Recomendé me ordenasen salir de inmediato llevándome a los jefes del MAAG, USIS, AID y del Cuerpo de Paz. Les mostré el telegrama a King y a Shlaudeman a las 4 de la tarde. Estuvieron de acuerdo. Lo envié. Habíamos elegido nuestra última carta.

Empezaba a preocuparme por Bosch. Era la noche del viernes, llevaba detenido en el Palacio desde la madrugada del miércoles. Vallimarescu dijo que cuatro periodistas lo vieron durmiendo aquella tarde. Pregunté si era seguro que dormía. Vallimarescu se sorprendió. Nadie pensó que podía estar muerto. Donny Reid comunicó a un empleado de la CBS que la fragata Mella partiría el sábado llevándose a Bosch a Europa. Reid actuaba cada vez más como representante del régimen y mandó a decirme, como "amigo", que sería Ministro de Relaciones Exteriores.

A las 11:10 de la mañana del sábado me llamó Ed Martín (subsecretario de Asuntos Interamericanos) por la línea de emergencia. Podía marcharme junto a Williams y Wolf "para consultas". Yo quería anunciar que nos íbamos, sin más. Accedió a regañadientes. Dijo, con razón, que no podía llevarme al de USIS y al del Cuerpo de Paz. Estaba preocupado por la seguridad personal de Bosch. El nuevo Ministro de Exteriores debía ser enterado de que nada perjudicaría más el chance de un reconocimiento como algún daño que sufriera Bosch.

Llamé a Reid y le pedí venir a la residencia. No lo había visto desde hacía tiempo. Le entregué el mensaje de Ed Martín sobre la seguridad de Bosch. Me dijo: "Si algo le pasara dimitiré". Le respondí: "Eso no le serviría de nada a Bosch ni a tu nuevo gobierno". Entonces amplió: "Cuando estaba en el Consejo de Estado podía tomar decisiones, pero hablaré con Tapia que está en casa de Bonnelly y con Tavares. Quiero explicarte cómo me metí en esto". Le dije: "No tiene que hacerlo Donny".

Sacudió la cabeza: "Pero quiero hacerlo. Ayer a la 1 de la tarde me mandaron a buscar: Viñas. Me entrevisté con él, Tavares y Tapia, con todos los jefes de partido. Me dijeron que era el único aceptable. Tavares dijo que, si no aceptaba, dimitiría". Reid continuó: "Una vez en esta ruta no se puede volver atrás. Los militares la tomaron. Sé que es un retroceso para la democracia, pero tengo que servir a mi país. No puedo permitir muertes y lo saben. Para mí es un sacrificio mayor que antes".

Levantó la cabeza y me miró. Siempre me había gustado, pero ahora, ¡qué se le va a hacer! Le dije: "Lo comprendo Donny, el problema es la seguridad de Bosch. Recuerde que mientras esté en un barco o un avión dominicano es responsabilidad de ustedes. Pónganle en un Pan American y llévenlo a Puerto Rico u otro sitio cerca. Reid dudó y acotó: "Temen que dificulte el reconocimiento de ustedes. Publicará manifiestos". Le respondí: "Siempre publicará manifiestos. Si le sirve para convencer a los otros, le aseguro que mi gobierno tomará su decisión sobre el reconocimiento con independencia y él no influirá. Nadie influirá". Se fue.

Llamé a King y a Shlaudeman y vinieron a casa. Las reservaciones del avión estaban ya. Saldríamos a las 5:15 de la tarde del sábado por Caribair a San Juan y de ahí a Washington.

Cómo veíamos la situación y qué debía hacer nuestro gobierno. El régimen no era estable ni unificado. El Triunvirato no toleraría la brutalidad de la policía, pero quizás no podría controlar a Belisario Peguero. Tal vez aflorarían disensiones entre los militares. Los primeros en actuar fueron Wessin y Luna, luego se sumó Rib, y detrás Amiama e Imbert. Viñas y Hungría fueron los últimos. La corrupción reinante entre los militares los dividía. ¿Conseguiría Luna ahora sus aviones ingleses Hawker Hunters?

El Triunvirato no era estable y el mismo Bonnelly lucía nervioso y no del todo conforme. Le había visto aquella mañana por breves minutos para hablar de la seguridad de Bosch y me contó indignado que el nuevo gobierno había detenido a un amigo suyo y a la hija. Le advirtió a Tapia Espinal ser moderados, pero el nuevo Ministro del Interior y Policía era Severo Cabral, quien celebraba que los españoles habían hervido en aceite a los protestantes.

El real peligro de represión eran los coroneles Wessin, Nivar Seijas y otros como ellos. Los militares no sabían gobernar, no sabían cómo lidiar con una huelga del Central Río Haina, haciéndolos vulnerables. Los políticos pleiteando les servirían de poco.

No era imposible, si manteníamos la presión y nos negábamos a reconocer el Triunvirato, que lo hiciéramos caer. Nuestro objetivo principal sería restaurar la constitucionalidad. Bosch se había terminado. Una vez que él y el vicepresidente salieran del país se activaría la línea de sucesión. Según la Constitución del 63, Casasnovas podría proclamar que tanto el presidente como el vicepresidente se hallaban "definitivamente ausentes". Sería presidente provisional y convocaría al Congreso para reunirse en Asamblea Nacional y elegir a un nuevo presidente.

Las esperanzas de que esta fórmula prosperara eran escasas, a menos que los militares, cansados de los políticos, la vieran como una vía salirse de aquello. Entonces comenzarían negociaciones en torno a quién elegiría el Congreso: Casasnovas, Molina Ureña, Miolán. Los militares rechazarían a cualquiera identificado cercano a Bosch. A su vez, la Asamblea dominada por el PRD haría lo propio con alguien relacionado con las manifestaciones de reafirmación cristiana, el Consejo de Estado, la UCN o cualquier otro partido.

Quizás se pudiese encontrar alguien con quien establecer un compromiso aceptable para los militares, como Guzmán o García Godoy (ministros de Bosch) o uno completamente desligado de la política como Marco A. Cabral de Santiago. En cualquier caso, lo que importaba era mantener la presión, negándonos a reconocer el Triunvirato." Curiosamente, tanto Guzmán como García Godoy alcanzarían la presidencia.

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José del Castillo Pichardo, ensayista e historiador. Escribe sobre historia económica y cultural, elecciones, política y migraciones. Académico y consultor. Un contertulio que conversa con el tiempo.