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El prejuicio racial antinegro en la República Dominicana visto a través de la lengua

Racismo implícito y lenguaje popular en República Dominicana

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El prejuicio racial antinegro en la República Dominicana visto a través de la lengua
El debate sobre el prejuicio racial resurgió en el país durante la campaña contra José Francisco Peña Gómez. (FUENTE EXTERNA)

(Primera parte)

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Después que George Floyd, el afroestaunidense de 46 años que en los Estados Unidos falleció (25/5/2020), asfixiado por un blanco oficial policial, Derek Chauvin, y cuya brutal acción desencadenó mundiales y masivas protestas, una pregunta de inmediato saltó de nuevo a mi oído: ¿solo en este país y en Europa existe el prejuicio racial contra el negro? Léase bien , hablo de prejuicio racial antinegro, no de prejuicio antihiatiano; pues en la República Dominicana no se puede hablar del primero de estos prejuicios  sin que de inmediato terminen asociándolo  al segundo.

En términos de la vigencia de la negrofobia  , más de una investigación social ha revelado que en Latinoamérica, adonde por  imperar el mulataje, los nativos de esta zona  llevan "el negro tras de la oreja", paradójicamente es notoria la presencia de sesgos racistas que no siempre se manifiestan, agrego yo, en forma explícita.  Entre esos países hay que incluir, necesariamente, a la República Dominicana, mulato territorio en el que a pesar de que sus nativos son de piel mayoritariamente negra, una cantidad considerable de estos, sin embargo, como afirmara Sócrates Nolasco, siempre se han considerado "mentalmente blancos".

Y es por esa razón que en el subconsciente del criollo dominicano late un prejuicio racial (prejuicio implícito) que en cualquier momento se expresa o patentiza a través de las más diversas formas de expresión lingüística, tales como adivinanzas, frases hechas, comentarios, refranes, etc.; pero sobre todo , mediante las más variadas formas del verso popular. Esta realidad lingüística origina una especie de dicotomía entre hechos y palabras, por cuanto el mismo sujeto que alega no ser racista ni estar racialmente prejuiciado, cuando habla o se expresa, ese prejuicio (implícito), arraigado en lo más profundo de su inconsciente brota con toda su fuerza.

 Así lo expuse en un extenso ensayo publicado en la prensa nacional entre los días 25 de mayo y 5 de junio 1990, como aporte al debate intelectual que se suscitó en el país ante la agresiva campaña racista que sectores políticos desarrollaron para descalificar y frenar las aspiraciones presidenciales del Dr. José Francisco Peña Gómez, cuyas expectativas de triunfo lucían cada vez más altas.  Como resultado de semejante campaña, el presidente de entonces, Joaquín Balaguer, llegó al extremo de ordenar que en todas las estaciones de radio, a las 12 m., se interpretaran las notas del Himno Nacional, supuestamente con el fin de despertar o encender el sentimiento nacionalista del pueblo dominicano.

¿Existe el prejuicio racial en la República Dominicana?, se convirtió en la pregunta centro del debate intelectual que a través de los medios de comunicación en ese momento se desarrolló en ese momento. Unos contestaban negativamente, otros, entre los que me encontraba, de manera afirmativa. Mi posición teórica, de indiscutible sustrato sicológico, la justificaba estableciendo que dicho prejuicio sí existe en nuestro país, pero como al parecer este yace arraigado en el subconsciente de los dominicanos (prejuicio implícito), podría originarse la falsa sensación de que no existe. Y que los mismos que niegan su existencia, en ocasiones, y también de manera inconsciente, lo sacan a flote cuando se expresan, tanto en forma oral como escrita.

Por considerarlo de interés, me permito compartir de nuevo el contenido del prealudido  ensayo, el cual esta vez se publica con el título modificado para que en la conciencia del lector quede claro que no se trata de un estudio acerca del antihiatianismo o prejuicio antihaitiano, sino del prejuicio racial antinegro en general. Como este, históricamente, ha estado indisolublemente asociado al antihaitianismo, debido, entre otros factores, al alto grado de tirantez que durante siglos  ha primado en las relaciones políticas entre las dos naciones que conforman la isla de Santo Domingo, y como  merced a ese vínculo parece  imposible abordar el primer tema al margen del segundo, son muchos los que en el plano conceptual, vale reiterarlo, se confunden y erróneamente  entienden que hablar acerca del prejuicio racial contra el negro es lo mismo que referirse al sentimiento antihaitiano.

Si bien uno y otro concepto, como ya se estableció, están profundamente interconectados y obran juntos en el contexto del Caribe, en su sentido profundo acusan notables diferencias. Mientras el prejuicio antihaitiano implica el rechazo del pueblo haitiano y sus manifestaciones culturales, la negrofobia se enfoca en el rechazo al color de la piel negra y los rasgos africanos. Se trata, el antinegrismo, de una forma de racismo global basado en el color de piel y la ascendencia africana. El antihiatianismo, más que racial, es un prejuicio  de tipo histórico, político y cultural enfocado de manera específica contra el haitiano y lo haitiano.

El prejuicio racial antinegro en la República Dominicana, visto a través de la lengua.

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«Cuando el negro fue colocado por el colonizador en el lugar más bajo de la escala social, los prejuicios de clases que contra él se abatieron fueron fácilmente desdoblados en prejuicios raciales». 

(Hugo Tolentino Dipp).

 Según el punto de vista de historiadores, sociólogos y antropólogos dominicanos, el prejuicio racial en Santo Domingo aparece en el mismo momento en que los españoles introdujeron los negros africanos en el gobierno de Nicolás de Ovando (1502 - 1509) en condición de esclavos, para reemplazar la fuerza de trabajo indígena que para esa época estaba a punto de desaparecer. La esclavitud en la Isla Española se implantó, para ser más preciso, en el año 1505. Así lo consigna Carlos Larrazábal Blanco en su libro "Los negros y la esclavitud en Santo Domingo", al afirmar que:

«Sin embargo en 1505, muerta la reina Isabel, una embarcación arribó a la ciudad de Santo Domingo con diecisiete esclavos negros que se dedicarían al trabajo de las minas de cobre recién descubiertas. Ovando aceptó el hecho cumplido, y conociendo mejor las necesidades e intereses de la colonia resolvió pedir más esclavos con lo que dejó establecida de una manera definitiva, desde el punto de vista oficial, el sistema de la esclavitud en la Isla». (1975, pág. 13).

 Como consecuencia de la esclavitud, el esclavo pasó a ocupar el lugar más bajo en la escala social. Ser esclavo era signo de inferioridad. Como el negro era esclavo, el negro era inferior a las demás personas. Esta idea aún la conserva el pueblo dominicano como herencia histórica de la época de la colonia, alimentada, naturalmente, por la clase dominante.

 La presencia del negro africano unida a la del indio nativo y al conquistador español es lo que va a conformar nuestra identidad nacional y definir los rasgos étnicos y culturales de nuestro territorio. Tan pronto los negros esclavos arriban a la isla se relacionan carnalmente con los amos o conquistadores y se produce así el tipo racial denominado mulato, que es la mezcla del blanco con el negro. Otras categorías raciales existentes en Santo Domingo y demás pueblos del continente americano son el mestizo, producto de la unión de indio y blanco y grifo que la mezcla de indio y negro.

Nosotros, los americanos, y como parte de estos, los dominicanos, somos mestizos, grifos o mulatos. Esto queda reforzado con la siguiente cita: 

«De ahí que el verdadero substrato de nuestra sociedad, en términos etnológicos, fuera y sigue siéndolo afrohispánico» (Balcácer, Juan Daniel. Revista ¡Ahora! No. 695. 1977, pág. 25).

 Podría pensarse y hasta afirmarse que en virtud de nuestra composición afrohispánica, los dominicanos no somos racistas. Pero en realidad no sucede así. El prejuicio antinegro, fundamentalmente implícito, siempre ha estado vigente en la República Dominicana, y tan acentuado está el prejuicio racial en el subconsciente de los dominicanos, que hasta las personas de piel oscura rechazan o discriminan al negro. O, lo que es lo mismo, tienden a autodiscriminarse. En torno a este juicio, Sócrates Nolasco llegó a decir que "el negro dominicano es mentalmente blanco". (Citado por Bruno Rosario Candelier en "Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, 1977, pág. 272).

Mientras que para el brillante declamador e intérprete de la poesía negroide, Carlos Lebrón Saviñón, "el primer discriminador del negro es el propio negro". Es como si al percibir la oscuridad de su piel, en su rostro se dibujara el dolor que ese hecho le produce. Por eso canta el poeta:

«Negra Pulula, que bien,

que planchas la ropa ajena,

¡Cuándo plancharás tu cara,

mapa de penas!»

Nuestro sueño dorado es llegar a ser blancos y con semejante actitud, mostramos un profundo desconocimiento o no resistimos a reconocer las verdaderas raíces biológicas y culturales que nos dieron origen. Ya lo dijo poéticamente nuestro gran cantor popular, Juan Antonio Alix:

«Todo aquel que es blanco fino,

jamás se fija en blancura,

y el que no es de sangre pura,

por ser blanco pierde el tino...»

Es bien sabido que el otrora Generalísimo y dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, autor de la horrible masacre de más de quince mil haitianos ejecutada en 1937, y entre cuyos abuelos se registran el capitán español José Trujillo Monagas y la haitiana Luisa Erciná Chevalier, revivió el culto a lo hispano, bastante resquebrajado a partir de la derrota de las fuerzas anexionistas españolas (1863 - 65), y lo utilizó como uno de los instrumentos o rasgos ideológicos sustentadores de su esquema de dominación política.

«La exaltación de los valores hispánicos - apunta el afamado sociólogo e historiador Franklin Franco - fue una herencia recogida con toda fidelidad por el sistema ideológico del trujillato. Incluso desde el punto de vista personal, Trujillo intentó buscar su ascendencia hispánica, al tiempo que mantenía permanentemente una intensa campaña propagandística dirigida a mostrar al pueblo la unidad cultural entre la República y su vieja metrópolis»(Historia de las ideas políticas en la República Dominicana, págs. 121 - 122)

No es extraño, pues, que uno de los más cercanos colaboradores del tirano, el doctor Joaquín Balaguer, se expresara en parecidos términos al afirmar que «Santo Domingo es el pueblo más español de América» (La Isla al Revés, 1983, p.. 63).

 Entiende este autor, quien extrañamente niega la existencia del prejuicio racial en la República Dominicana, que «nuestro origen racial y nuestra tradición de pueblo hispánico, no nos deben impedir reconocer que la nacionalidad se halla en peligro de desintegrarse si no se emplean remedios drásticos contra la amenaza que se deriva para ella de la vecindad del pueblo haitiano», que «el contacto con el negro ha contribuido, sin ningún género de dudas, a relajar nuestras costumbres públicas» (p. 45), que «una gran parte de los negros que emigran a Santo Domingo (p. 49) son seres tarados por lacras físicas deprimentes», transmisores de «las enfermedades más repugnantes», así como los verdaderos causantes «de la corrupción de nuestras costumbres patriarcales» (p. 50).

 Y no es extraño que el mismo autor justificara la espantosa matanza de haitianos llevada a cabo por Trujillo argumentando que: «La República, para poder subsistir como nación española, necesita afianzar las diferencias somáticas que la separan de Haití...» (La realidad dominicana, 1947 :115)

Trujillo, que no desperdició recurso alguno para demostrar al país y al mundo que por sus venas no corría sangre africana, sino exclusivamente española, jamás hizo alusión, ni mucho menos sus fieles acólitos, a las raíces haitianas que sirvieron de punto de apoyo a su árbol genealógico. Mucha razón tuvo al respecto el ya mencionado "Cantor del Yaque", cuando en la segunda mitad del pasado siglo condenó semejante comportamiento en una de sus más famosas y conocidas décimas:

«El blanco que tuvo abuela,

tan prieta como el carbón,

nunca de ella hace mención,

aunque le peguen candela. 

Y a la tía Doña Habichuela,

como que era blanca vieja,

de mentarla nunca deja,

para dar a comprender,

que nunca puede tener,

el negro tras de la oreja».

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El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura dcaba5@hotmail.com