«Me arriesgué y me encantó»
El caso de Wander Franco y la radiografía de una sociedad indiferente

La frase que sirve de título fue extraída por el Ministerio Público de las conversaciones entre Wander Franco y la niña de la que abusaba sexualmente. El riesgo corrido: haber transgredido normas que conocía al dedillo. «Mi niña, mi equipo si se da cuenta de esto me puede causar problemas, es una regla en todos los equipos no hablar con menores de edad», escribió.
El encanto disfrutado: haber usado con plena conciencia un cuerpo de niña. «Quisiera que olvides todo lo que has aprendido para criarte a mi manera (...) pero solo eres una niña y no sabes llevarte de mí, por eso fracasaste. Pero yo te doy una sola oportunidad, usted debe ser solo para mí, no mires a más nadie. (...) pero nadie te sabrá usarte como quiero y darte», respondió con su defectuosa gramática cuando la adolescente preguntó si la criaría sin amor y respeto.
No era inocente. Sabía perfectamente lo que hacía. Por eso importa recrear la conversación en estos días en los que el estupor por el «perdón judicial» concedido por el juez José Núñez no rivaliza, ni de lejos, con las alegres expresiones de apoyo que el violador cosecha, ni con la revictimización de la adolescente, sepultada bajo un alud de descalificaciones e insultos.
El espectáculo debería horrorizar. El victimario convertido en víctima por un juez que, como si eximirlo de cumplir condena fuera insuficiente, se pronuncia contra la publicidad de una violación que, sostiene, debió quedar como secreto de familia. El violador convertido en héroe por una parte importante de una sociedad para la cual el abuso sexual y la violencia de género son legítimas prerrogativas masculinas.
En los espacios periodísticos y de comunicación decentes, el fallo es leído como una patente de corso para violadores y maltratadores. Y lo es, jurídica y moralmente. También sirve de acicate al discurso misógino que nuestra anémica escolarización adereza con lo único que posee: la chabacanería que deshumaniza a las víctimas.
Pero como sucede con los feminicidios mediatizados, la reacción contraria a la apología del violador Wander Franco no dejará huella social. Es minoritaria y focalizada, aunque valiente. Para la mayor parte de la gente, asistimos a un episodio más de los muchos que animan la vida en este pedazo insular.
Y en esto último radica el problema de fondo: la indiferencia nos disuelve como colectividad social y consagra el predominio de los perpetradores. Recluidos en nuestros ámbitos y yoes personales, nos sentimos relevados de responsabilidad con lo que acontece a nuestro alrededor. Si Wander Franco violó a una niña y fue premiado con el perdón, no nos inmuta ni conmueve.
No se trata, como dice Hannah Arendt, de sentirnos culpables por actos que no hemos cometido, sino de asumirnos vicariamente responsables porque ese es el precio que pagamos por el hecho de vivir entre nuestros semejantes. Y actuar en consecuencia.
Porque en la misma medida en que la degradación provocada a «los otros» nos es ajena, se degrada lo común. Podremos alardear de nuestras presuntas bondades como pueblo, pero no evadir las consecuencias de nuestra indiferencia social, ni siquiera en las propias vidas que queremos — y creemos— a salvo de la crueldad y la barbarie que se expanden como mancha de aceite.

Clotilde Parra
Clotilde Parra