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Patriotismo de poner y quitar

El linchamiento mediático a Darializa Ávila y nuestras dobleces morales

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Patriotismo de poner y quitar

En estos días crepusculares de junio, asomarse al universo mediático criollo provoca la impresión de estar de vuelta de todo asombro. Un hecho, las primarias demócratas en Nueva York, abrió la espita del neonacionalismo, semicerrada hasta ahora por la pérdida de pretextos del discurso antihaitiano: el encarnizamiento de las políticas migratorias ha ido mucho más allá de lo que podía esperar el mayor de los delirantes. 

No es gratificante el ejercicio, pero en ocasiones como esta zapear sirve para confirmar el abismo en el que ha caído la palabra pública. Continuar defendiendo que el acceso a la tecnología ha democratizado la comunicación es persistir en una teoría que la realidad desmiente. Lo que puede oírse y visionarse no es democrático ni contribuye a crear un espacio en el que las diferencias abonen, y no anulen, la racionalidad del debate.

Al decir esto, no pienso únicamente en la procacidad cultivada con particular regocijo por algunos empresarios del escándalo, ni en la gestualidad de desaforados gritones. Pienso en la ignorancia exhibida sin rubor alguno, en el desinhibido abordaje de temas situados a años luz de la comprensión de quien opina. Pienso también en la desinformación propagada y en los prejuicios que alimentan el arsenal de mitos que barrenan nuestra comprensión de la historia y sirven de fachada a la fantasmagoría de nuestra identidad.

Estas primarias de un partido estadounidense fueron asumidas por una legión de «comunicadores» locales como si en ellas se jugara el destino dominicano. Encontraron un blanco que creyeron fácil: Darializa Ávila Chevalier. Cuestionaron su nacionalidad, la diagnosticaron con trastornos de la personalidad y llegaron a pedir al gobierno declararla persona no grata por «traidora» a la patria. En cada frase, y a contrapelo del propósito, ponían sobre el tapete con particular crudeza las falencias de nuestro ethos y nuestro oportunismo moral.

Las palabras patria, bandera, dominicanidad e identidad, inundaron los trances de esta significativa cantidad de médiums en conexión directa con los héroes de la independencia. Alguno de ellos, asumiéndose exégeta y no solo «caballo», fue lapidario: no es lo mismo decirse dominicano que serlo.

Si estas palabras poseen contenido, no les preocupa. Son fetiches arrojadizos, y eso basta para la construcción de un discurso mediático del que está ausente la duda que inmuniza frente al sesgo, la que espolea la búsqueda de conocimiento y el ir más allá del sentido común. No hay preguntas, solo respuestas que prescinden tranquilamente de asideros.

Pero jugar con los conceptos como si fueran conjuntos vacíos tiene sus riesgos. Uno de ellos, poner en evidencia nuestras dobleces y no solo la incapacidad. Ese patriotismo de poner y quitar, que rehúye afrontar las carencias materiales y sociales, que desvía la mirada para no ver las injusticias, podrá ensordecer pero no dará frutos de los que podamos sentirnos orgullosos. A lo sumo, nos convierte en caricatura de nosotros mismos.

(Zapeé, zapeé mucho en estos días y entre perorata y perorata, debo confesarlo, encontré imágenes de un patriotismo icónico. Por ejemplo, la de una impresionante mulata con un casi inexistente bikini hecho con la tricolor. Sobre sus pezones y sobre su pubis, el único escudo del mundo que tiene en su centro la Cruz redentora y la Biblia. ¡Eso sí que es ser dominicana!).

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Aspirante a opinadora, con más miedo que vergüenza.