Ellos: Mis primeros maestros
Recordando a los maestros que dejaron huellas imborrables

A ellos, mis primeros maestros, verdaderos héroes sin nombre, siempre los recuerdo con el respeto y el cariño que siempre les tuve y merecen.
Ellos, mis primeros maestros, ejercieron su labor en medio de las más increíbles precariedades; pero, aun así, formaban, orientaban y enseñaban.
Ellos, mis primeros maestros, carecían, en su mayoría, de títulos pedagógicos; pero ejercían su noble oficio asido de las herramientas no académicas de la pasión, el amor, la entrega y la responsabilidad.
Ellos, mis primeros maestros, algunos apenas ni siquiera el título de Bachiller poseían, y muy, pero muy pocos, lo más que alcanzaban era al nivel de Profesorado (especie de prelicenciatura hoy ya eliminado del sistema universitario) y de Maestro Normal; pero, a pesar de eso, en el proceso enseñanza – aprendizaje sabían cómo guiar, estimular y orientar a sus alumnos.
Ellos, mis primeros maestros, no podían ni necesitaban, para demostrar sus saberes, anteponerles a sus firmas las muy ufanantes o presuntuosas siglas de Lic. y M.A.; pues esos saberes ellos lograban ponerlos de manifiesto en sus prácticas docentes, vale decir, enseñaban. Y enseñaban, como bien lo recomendó la eximia poetisa, Maestra y Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral," con la actitud, el gesto, la palabra "
Ellos, mis primeros maestros, devengaban sueldos de miseria e ignoraban por completo eso que hoy se llama Seguridad Social; pero, a pesar de eso, cumplían en forma estricta con sus responsabilidades docentes.
Ellos, mis primeros maestros, inspiraban respeto, sabían darse a respetar y lograr la disciplina en el aula, sin humillar, vejar, maltratar o "envenenar el alma" de los alumnos.
Ellos, mis primeros maestros, supieron impartir docencia en estrechos y calurosos espacios a generaciones de estudiantes cuyas matrículas, en ocasiones, superaban considerablemente el número de asientos disponibles; pero, a pesar de eso, realizaban ingentes esfuerzos para, como bien lo recomendaba el afamado pedagogo argentino, Imídeo Nérici (1925 – 1999), «despertar la curiosidad y mostrar los valores de la cultura» a sus alumnos, y orientar «por la convicción, por la persuasión,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos»
Ellos, en fin, mis primeros maestros, formaban y enseñaban, sencillamente, porque eran verdaderos maestros.
La mayoría de ellos aún yacen gravados con imborrables letras en el nicho de mis recuerdos entrañables: Noel Ramón Peralta (Monche), maestro de mis primeros años del nivel primario; Leonardo Estrella, maestro de sexto curso, Esc. Primaria e Intermedia "Juan Pablo Duarte", San Víctor, Moca). En este mismo centro ( séptimo y octavo), recuerdo también, con afectos inigualables, los nombres de Rodolfo Rodríguez (Q.E.P.D.), Inglés y Geografía); doña Milagros Luna, esposa del anterior (Ciencias Naturales); Luis Jiménez (Q.E.P. D.), Español), y Pedro Maximino Reyes (Matemáticas), todos capitaneados por su dinámico director, profesor Joaquín Medina, un ser a quien los estudiantes mucho respetábamos y apreciábamos debido a su forma prudente, profesional, humana y respetuosa de comportarse.
De esos, mis primeros maestros, unos ya fallecieron, mientras que otros, agraciadamente, todavía respiran, pletóricos de vitalidad. Debido a mi formación y oficio docentes, parecería que a cada uno de esos distinguidos educadores hoy yo debería verlos como mis colegas; pero no, sea cual sea mi rol y nivel profesional, a cada uno siempre los veré, simple y llanamente, como mis maestros. Y con motivo de haberse celebrado, el martes de la presente semana, el «Día del Maestro», yo debo decirles a ellos, mis primeros maestros, con las palabras de otro gran Maestro, Pedro Mir:
«MAESTRO :
Jardinera de cátedras, tu mano se ha,
alargado de dioses infinitos.
Mas no importa. Tu mano sembradora,
eternamente enflorará el cultivo.
Siempre tu voz palpitará en el aula,
como un millón de corazones vivos.
Siempre tu voz acoplará el recuerdo,
con la emoción de desflorar un libro.
Y habrá un intenso volotear de angustia
en el alón de tu recuerdo vivo...»

Domingo Caba Ramos