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A Cuqui Batista, in memoriam

El espíritu joven del arquitecto que trabajó hasta el fin de sus días

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A Cuqui Batista, in memoriam
El arquitecto dominicano Cuqui Batista. (FUENTE EXTERNA)

No sabía que el arquitecto Cuqui Batista era aquel señor que veía caminar por las calles de Santiago —¿por cuáles?—, vestido siempre con pantalones caqui, con camisa blanca y, sobre todo, con aquel sombrero llamado bob en francés, bucket hat en inglés y, simplemente, sombrero de pescador en español.

Es decir, lo vi muchas veces sin saber que era él. Pero acabé descubriéndolo al corregir un libro que sobre él escribió mi amigo el arquitecto Mauricio Estrella Deschamps junto a otros colegas. Así conocí su vida y su obra. Ambas me impresionaron. No podría condensar en ochocientas palabras un libro de unas ochocientas páginas. Solo enumeraré los aspectos que encontré más sorprendentes.

Me impresionó primero su longevidad física y profesional. Batista, nacido en 1925, acababa de cumplir ciento un años el mes pasado. Hasta el fin de sus días, Cuqui Batista mantuvo su lucidez intacta, se sentaba en su mesa de dibujo y, siempre generoso, revisaba las tesis que numerosos estudiantes le enviaban para conocer su opinión de experto. Su organismo funcionó como el de un joven hasta el final, según atestiguaban los análisis rutinarios que le fueron prescritos. Quizás tal longevidad y tal salud haya que buscarla en su laboriosidad. En 1945, ingresó en la Universidad de Santo Domingo. Comenzó a trabajar casi de inmediato. Apenas tres años después, ya era un dibujante solicitado por los arquitectos más reputados de Santo Domingo y el resto del país. Por tanto, su vida profesional fue casi tan longeva como él mismo: duró más de ochenta años.

Me impresionó, además, su gran influencia en la fisonomía arquitectónica del país. Cuqui Batista diseñó centenares de obras en ciudades tan disímiles como San Cristóbal, Puerto Plata y San José de las Matas... Cabe mencionar, en Santo Domingo, el Palacio de Bellas Artes y la Academia Militar Batalla de Las Carreras. En las colinas de Sosúa se alzan algunas de sus vanguardistas residencias, desde las que se admiran el cielo y el mar. Vista desde el llano, la arquitectura de Cuqui Batista provoca la misma admiración.

Pero fue en Santiago de los Caballeros donde su influencia fue mayor. Su ciudad, mi ciudad, sería otra sin el trabajo de Cuqui Batista. Diseñó en ella calles y multifamiliares, residencias y centros comerciales, iglesias y casas curiales, condominios, escuelas, hospitales... y urbanizaciones. Santiago tendría otra cara si no hubiese diseñado los centenares de casas construidas en Las Colinas, en los Cerros de Gurabo, Cerro Hermoso, en Cerro Alto, en Rafey, en los Jardines del Norte, del Sur, del Este y del Oeste, en Cienfuegos...

Nunca traté al arquitecto Cuqui Batista, pero sin saberlo, viví en un mundo diseñado por él. Fue él quien diseñó mi casa paterna, una de las seiscientas construidas en los Jardines Metropolitanos (modelo Alhelí: sala, comedor, marquesina, galería, tres habitaciones, baño, jardín y patio, distribuidos eficientemente en apenas trescientos metros cuadrados); fue él quien diseñó los primeros diez edificios del campus santiaguero de la UCMM, mi alma máter; fue él quien diseñó el Cine Doble, donde fui Bruce Lee, James Bond y Rocky Balboa... (La inmensidad de su obra explica la ubicuidad de los puntos suspensivos en estas líneas).

No es cierto, por tanto, que Cuqui Batista me fuera desconocido. Lo conocí a través de sus obras y también de sus amigos. Generaciones de arquitectos lo quisieron y lo admiraron, como profesional, como amigo, casi como padre. Muchos lo llamaban el Maestro, así, con mayúsculas. La devoción muchas veces pasó de padre a hijo. Mi amigo la recibió de su padre, el también arquitecto José Mauricio Estrella Hernández.

Esta es una de las desgracias de quienes vivimos fuera: el tiempo nunca es suficiente para conocer a aquellos que admiramos. Volví a Bruselas hace diez días sin compartir con Cuqui Batista, como pretendía. Me habría gustado conocer a ese joven que, entre muchísimas otras hazañas, leyó las setecientas y tantas páginas de mi última obra, poco antes de cumplir un siglo (es imprescindible, por cierto, que el libro de más de setecientas páginas que sobre él prepara mi amigo y sus colegas sea publicado para mayor provecho de todos: la vida de Cuqui Batista debe ser conocida y emulada).

Cuqui Batista murió en perfecta salud el siete de julio pasado, víspera del día en que escribo estas líneas. Murió de muerte natural. Su cuerpo se cansó de vivir, no así su espíritu, joven para siempre.

El doctor Salomón Jorge, refiriéndose a mi padre, a quien atendió antes de morir a los cincuenta y tres años, me dijo un día: "tu padre no tenía derecho a morir tan joven". Pero no solo él: a sus 101 años, Cuqui Batista tampoco tenía derecho.

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