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El desastre del tránsito

Cuando la anarquía en las calles se convierte en algo cotidiano

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El desastre del tránsito (ARCHIVO/DIARIO LIBRE)

Jean Todt es un dirigente deportivo francés que fue uno de los principales ejecutivos de la Escudería Ferrari de Fórmula Uno durante sus años de gloria con Michael Schumacher detrás del volante, y que en los últimos años viene desempeñando el rol de comisionado de Naciones Unidas para la seguridad vial. De visita en el país manifestó algo que a todas luces constituye una obviedad, que la situación del tránsito en la República Dominicana es un desastre y un grave problema de salud pública, al que nos hemos acostumbrado.

Cerca de tres mil muertes anuales en accidentes de tránsito, casi treinta por cada cien mil habitantes, un número que nos coloca a la cabeza de la región. Cerca del setenta por ciento de esos eventos involucra motociclistas, y representan la segunda causa de muertes en adultos y la primera en niños y jóvenes en edades entre cinco y diecinueve años. Pero esas cifras no alteran a nadie, solo provocan discursos, conferencias y seminarios, mientras escasean las acciones para transformar un sistema colapsado y disfuncional.

Para abordar el problema del tránsito no hacen falta más diagnósticos, bastaría con aplicar la ley y sancionar a sus violadores, implementar tecnologías que hace décadas otros países utilizan, y que las autoridades no cedan al chantaje de sindicatos y el tigueraje organizado que domina el sector. Pero no se invierte capital político en una cuestión que parece importa poco a la gente.

En la primera década de este siglo la tasa de muertes violentas relacionadas a la delincuencia se situaba sobre veintitrés por cada cien mil habitantes, entonces no solo las encuestas marcaban ampliamente la inseguridad ciudadana como el principal problema que padecía la población, sino que se reflejaba en las medidas de seguridad que se adoptaban en todos los estratos sociales. 

Actualmente esa tasa se sitúa en torno a siete muertes por cada cien mil habitantes, y aún los estudios de opinión colocan la inseguridad entre las principales preocupaciones de la ciudadanía, en cambio los accidentes de tránsito aparecen bastante relegados entre los problemas de los dominicanos.  

Entre los años veinte y veintiuno en República Dominicana murieron unas cuatro mil trescientas personas por la pandemia del COVID, se cerraron escuelas y negocios, nos confinamos en nuestras casa y se perdieron empleos y riquezas incalculables. Termómetro en mano, nadie se descuidaba ante la aparición de síntomas asociados al virus, y las mascarillas y el gel desinfectante pasaron a ser piezas indispensables en nuestras vidas. 

Los accidentes de tránsito producen mucho más muertes que la pandemia. Conducir en este país es prácticamente un deporte extremo, es la actividad más peligrosa que realizamos cotidianamente los dominicanos, y sin embargo no reparamos en ellos. Los motoristas andan como chivos sin ley, a toda velocidad y hasta calibrando sin cascos protectores; camiones, patanas y autobuses imponen groseramente su corpulencia por calles, avenidas y carreteras; y el resto o se suma o el desorden les consume. 

Un caos absoluto al que aplicamos el clásico abordaje dominicano del "na e´ na y to e´ to". Asumimos vivir en la anarquía, lo asimilamos, lo aceptamos. Y eso es lo peor de todo. 

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