¡Como cambian los tiempos!
Bosch y Balaguer como referentes frente a la política dominicana actual.
JOAQUÍN BALAGUER (1906-2002) - Escritor, abogado, maestro, poeta, brillante, ensayista, uno de nuestros más acuciosos críticos literarios y, junto a José Francisco Peña, a mi juicio, los dos oradores dominicanos de mayor relieve de la segunda mitad del siglo XX y principio del XXI. Su nombre aparece escrito con letras grandes en las páginas de la literatura dominicana.
JUAN BOSCH (1909-2001) - Autodidacta, escritor, historiador, ensayista de alto vuelo, novelista, cuentista, padre del cuento dominicano y uno de los más grandes cuentistas de la literatura dominicana. Su nombre figura también en primera línea en las páginas de nuestra literatura.
Los dos fueron candidatos a la presidencia de la República Dominicana y también presidentes, porque su perfil intelectual y/o profesional era el que primaba en el pasado para optar por el cargo a la primera magistratura de la nación y cualquier otro puesto público de importancia. En el plano político, el primero nunca fue «el santo de mi devoción»; pero al margen de simpatías y aversiones, todos debemos reconocer el peso social, intelectual y profesional de estos dos grandes líderes.
El tiempo pasó y hoy, cualquier «pelafustán» o analfabeto funcional que solo sabe decir y repetir aquello de «Hijo de tu maldita madre...» y frases parecidas, se atreve a decirle al mundo: «Yo quiero y puedo ser presidente". Y lo peor de todo: aparecen fanáticos y seguidores con escasa proporción de materia gris en sus cerebros que cual «grey» arreada por un boyero proclaman y repiten a mandíbulas batientes: «Él quiere y puede ser presidente de la república...».
Lo anterior pone de manifiesto cómo en el país se han dejado nuestras prístinas costumbres a tal grado que un cargo, cuyo desempeño se entendía estaba reservado a ciudadanos provisto de condiciones especiales, esta vez los niveles de exigencias parecen haber descendidos considerablemente, razón por la cual son muchos los que creen que cualquier persona puede ejercer tan delicada función.
En la administración pública, la ineptitud de los funcionarios comenzó a sonar en la segunda mitad del siglo XIX con la presencia en el Congreso Nacional de un diputado que al decir del decimero Juan Antonio Alix (Moca, 1833- Santiago, 1918), carecía de la capacidad necesaria para argumentar o gestar ideas, razón por la cual, después que otros hablaban, apenas se limitaba a decir: «Corroboro, corroboro». Ojalá que semejante incompetencia, en el futuro, nunca llegue al Palacio Nacional, atribuida a un presidente con un perfil parecido al del diputado antes indicado. Y que al igual que este, cuando hable en público, apenas pueda decir: «Corroboro, corroboro»

Domingo Caba Ramos