Música en la catedral sonora
Cuando la música y la literatura se funden en el Teatro Colón

Entrar al Teatro Colón en Buenos Aires siempre produce la impresión de cruzar el umbral de una civilización que entendía la belleza como una obligación pública y no un lujo reservado a unos pocos. Inaugurado el 25 de mayo de 1908, pertenece a las grandes salas líricas del mundo. Su arquitectura monumental y su célebre acústica desafían el calendario con la misma naturalidad con que un Stradivarius serena el silencio. Basta que un instrumento emita una sola nota para advertir que allí el sonido asciende, se expande y termina por envolver al espectador.
Este fin de semana último sabía que el verdadero protagonista no sería únicamente Richard Strauss. También el propio Colón. Como Jano, el dios romano de las dos caras, el teatro contempla simultáneamente el pasado y el porvenir. Uno de sus rostros mira a la Argentina de la Belle Époque, aquella nación que creyó en su destino con tanta determinación que levantó, casi en el extremo austral del mundo, un templo musical comparable con los de Viena, Milán o París. El otro mira hacia un futuro que todavía parece posible. Un país dotado de tantas riquezas naturales, humanas y culturales nunca pierde del todo la capacidad de renacer. El Colón es un recordatorio de que la excelencia puede dormirse, pero nunca desaparecer.
Con Richard Strauss y su Don Quijote
La música de Strauss posee una rara combinación de densidad, dinamismo y sublimidad. Levanta inmensas catedrales sonoras sin perder nunca la intimidad. Sus poemas sinfónicos alternan la exuberancia orquestal con momentos de recogimiento casi confesional, en los que una sola voz instrumental parece hablar directamente al oyente. En Strauss, la grandiosidad nunca excluye la emoción ni la potencia sacrifica el detalle.
Mi hallazgo de Strauss fue Salomé, para muchos su obra más deslumbrante y perturbadora. Basada en la obra de Oscar Wilde, la ópera, estrenada en 1905, provocó un escándalo por su carga erótica, su violencia y un lenguaje musical que llevó la armonía a la frontera de la tonalidad. El desenlace —el monólogo de Salomé ante la cabeza decapitada de Juan el Bautista— sigue siendo una de las escenas más estremecedoras de toda la historia de la ópera. Strauss desnuda a sus personajes desde dentro. Su música convierte la pasión en una fuerza casi física que arrastra al oyente hacia el mismo precipicio donde terminan sus protagonistas. La orquesta alcanza dimensiones casi wagnerianas, pero cada motivo, cada color instrumental y cada disonancia responden a la psicología de los personajes. Todas las notas están al servicio del drama y ninguna sobresale para impresionar. Una de las marcas del genio consiste en hacer que la complejidad parezca inevitable.
Con el Quijote he topado
En su poema sinfónico Don Quijote. Variaciones fantásticas sobre un tema de carácter caballeresco, Op. 35, Strauss busca convertir la orquesta en dramatis personae. La obra se levanta sobre un tema principal seguido de diez variaciones y un final, recreaciones todas de episodios del Quijote, representado por el violonchelo solista. Sancho Panza es responsabilidad de la viola solista. Cada variación describe una aventura del caballero: los molinos de viento, el ejército de ovejas, la procesión de penitentes, el vuelo sobre Clavileño, entre otras.
En el Colón, la capacidad narrativa del compositor alemán alcanzó una intensidad extraordinaria. El crítico argentino Pablo Kohan observó en La Nación que el director Alejo Pérez consiguió otorgar a los diez episodios de Don Quijote una continuidad dramática y una teatralidad poco frecuentes. El violonchelista francés Aurélien Pascal, con un sonido de nobleza excepcional, refinamiento expresivo y absoluta seguridad técnica, interpretó y encarnó al Caballero de la Triste Figura. Su instrumento resonaba con la humanidad del personaje cervantino, mientras la orquesta parecía convertirse en el paisaje emocional por el que transitaban sus ilusiones y sus derrotas.
El Quijote de siempre
La tragedia de Don Quijote reside en que los siglos no han logrado convertirlo en un personaje del pasado. Sigue siendo creíble porque continúa revelando la condición humana en toda su absurda grandeza. Los molinos de viento nunca han dejado de girar. Son la metáfora de una imaginación atormentada y de un mundo que sigue sin entenderse a sí mismo. Cambian de forma, de nombre y de época, pero retan porfiadamente a quienes se empeñan en ver la realidad como debería ser, no como es.
Lo verdaderamente trágico es que cada vez convocan a menos quijotes dispuestos a acometerlos lanza en ristre. Escasean los idealistas que aceptan el riesgo del ridículo, de la derrota o de la incomprensión con tal de permanecer fieles a una convicción.
A su lado, inmune a los calendarios, permanece Sancho Panza. Ya no como el simple contrapunto del sentido común, sino como quien convierte la esperanza en un oficio casi heroico. Entre el sueño del caballero y el realismo del escudero transcurre la existencia humana. Avanzamos porque uno imagina lo imposible y el otro insiste en seguir caminando.
La fusión trascendental
La música y la literatura poseen el raro privilegio de fundirse sin que ninguna reclame supremacía sobre la otra. En esa confluencia ambas se engrandecen en una simbiosis perfecta. Las palabras adquieren una dimensión sonora que no sospechaban y las notas descubren una capacidad narrativa que parecía exclusiva de la literatura. De ese encuentro nace una intensidad artística inalcanzable por separado. Es una alianza que derrota la indiferencia, despierta la imaginación y desborda el espíritu con una avenida de emociones.
Mientras escuchaba Don Quijote, regresó a mi memoria otra noche de Strauss, muy distinta, en el Barbican Centre de Londres, quince años atrás. Una gran soprano dedicó toda la velada a los Lieder del compositor alemán. Parecía otro Strauss. Habían desaparecido las inmensas catedrales sonoras para dejar paso a un universo contenido en una sola voz, sostenida con la discreción de un piano.
Sin embargo, la intensidad emocional era la misma. La verdadera medida de un genio no reside en la magnitud de sus recursos, sino en su capacidad para conmover con igual profundidad desde la exuberancia o desde el susurro. Aquel recital me descubrió el Strauss de Morgen!, de Allerseelen y, sobre todo, de las Cuatro últimas canciones: el compositor que contempla el ocaso sin desesperación y encuentra en la belleza una forma de reconciliación con el tiempo.
En el Colón reapareció el otro Strauss, el de las grandes arquitecturas sonoras. Ambos eran el mismo hombre. Solo cambiaba la escala, sin reducir su insondable humanidad.
Contradicciones cervantinas
En las páginas de Cervantes permanece la descripción más lúcida de nuestras contradicciones: el idealismo que se niega a rendirse ante la evidencia, la cordura que necesita de la locura para no volverse cinismo. Strauss no ilustra esa descripción; la traduce a un idioma distinto, hecho de armonías que inquietan, conmueven y elevan allí donde la palabra ya ha dicho cuanto podía decir. Por eso Cervantes nos explica y Strauss nos hace sentir. Uno necesita de las palabras para revelar el alma humana; el otro prescinde de ellas porque ha encontrado, en la música, lo que ningún idioma consigue expresar del todo.
Pero aquella noche el milagro no terminó con Strauss. El crítico Kohan destacó también la extraordinaria respuesta de la Orquesta Estable del Teatro Colón en Los planetas, de Gustav Holst. Observó que una agrupación identificada históricamente con el repertorio operístico afrontó con absoluta solvencia uno de los grandes desafíos del sinfonismo moderno. Tras algunos desajustes iniciales, señaló, Alejo Pérez condujo una interpretación de enorme fuerza expresiva, claridad de texturas, lirismo y precisión, culminada por un silencio prolongado antes de una ovación que el experto juzgó plenamente merecida. Ese instante confirmó que la grandeza de una orquesta no depende del repertorio que frecuenta, sino de su capacidad para reinventarse sin perder su identidad.
Strauss, siempre Strauss
Pero incluso por encima de la excelencia de Alejo Pérez, de la Orquesta Estable y de Aurélien Pascal terminó imponiéndose Strauss. Es su música, esa exuberancia desbordante, esa musicalidad inagotable, ese colorido orquestal de riqueza casi infinita y, al mismo tiempo, una fuerza indescriptible que alcanza los rincones más profundos del alma. Me conmueve, me conmociona y, sin que apenas lo advierta, termina por serenarme. Hay en ella una extraña reconciliación entre la violencia de las pasiones y la paz que solo produce el arte cuando alcanza la plenitud.
Abandoné el Colón con la misma sensación con la que había entrado. Jano seguía allí, vigilando invisible el umbral. Detrás quedaba una Argentina capaz de construir uno de los teatros más extraordinarios del mundo; delante permanecía otra que todavía puede reconciliarse con aquella vocación de excelencia. Strauss había hecho lo suyo al transformar la música en una experiencia de catarsis. El Colón me había recordado que las naciones también poseen memoria y destino. La música nos deja tocados por el dolor y el conflicto, pero el compositor alemán los trueca en una pócima que nos permite superarlos y aprehenderlos. Traspone los límites de las emociones para sumergirnos en una experiencia de la que siempre salimos metamorfoseados.

Aníbal de Castro