Si no existiera, ¿tendría lectores? y más preguntas...
Pseudónimos y espectros, el misterio de escribir sin perder la paz

¿Existo? Para mi familia y mis amigos sí. El espejo refleja la imagen de lo que queda tras una muy gozada vida, sin excesos, pero plena. Creo que igualmente muchos lectores no creen que sea una fantasma o extraterrestre o ciguapa. Mi hermana Ariadne se ha reído muchísimo al leer una nota que le envió Mafalda, copiando lo que una de las aplicaciones de inteligencia artificial dice sobre mí, según cuál día u hora se realiza la pregunta o prompt de quién soy: ¡dizque mi nombre es un pseudónimo! Válgame, Dios, ¡y todos sus santos! Jamás pensé que ponerme a comentar libros y asuntos literarios crearía tanta curiosidad acerca de esta abuelita septuagenaria, retirada en el país de sus ascendientes maternos, tras mucho afanar criando hijos, malcriando nietas y añorando al compañero ido a destiempo, porque no nacemos para semilla ni sin fecha de caducidad.
Pasar de ser a no ser, porque pocos creen que soy, es como si el amanecer en una playa deshabitada no fuera real porque nadie pudo decirle "¡buenos días!" a esa alborada. Pero si, como me aseguran mis hermanos y primas, muchos lectores de Diario Libre dudan de mi existencia, ¿habrá algo que pueda hacer para convencerlos de que soy quien soy y no ninguna otra persona? Lo innegociable es perder mi paz y la privacidad de mi pequeña biblioteca, refugio donde resto tiempo a mis obligaciones y otros placeres para entretenernos con este maravilloso universo de las letras, las ideas y la relación entre todas las cosas reales e imaginadas que cobran vida en las páginas de los libros... ¡y de los periódicos!
¿Laberinto de espejos?
En Elogio de la Sombra, don Georgie (que también dudó de su propia existencia, aunque por nada asuman que esta pajuilita se compara con ese demiurgo acusado de ser argentino), el poeta parece lamentarse, cosa que nunca él haría por vulgar: "No habrá nunca una puerta. Estás adentro / Y el alcázar abarca el Universo / Y no tiene ni anverso ni reverso / ni externo muro ni secreto centro. / No esperes que el rigor de tu camino / que tercamente se bifurca en otro, / que tercamente se bifurca en otro, / tendrá fin. Es de hierro tu destino / Como tu juez. No aguardes la embestida / del toro que es un hombre y cuya extraña / forma plural da horror a la maraña / de interminable piedra entretejida. / No existe. Nada esperes. Ni siquiera / En el negro crepúsculo la fiera".
Rememoro estos versos (uno en bis o repetido en un guiño a Frost), catorce bellos endecasílabos, a propósito de que ciertamente ninguna fiera real ni imaginada debería atemorizar a quienes, sin esclavizarse por dogmas tan efímeros como los milenios del judaísmo, procuramos con la libertad del criterio, y de la poca o mucha inteligencia informada, ejercitarnos en el deleitoso gozo que es la mejor literatura. Desde las fantasías de Zuleica, cuyo nombre no encuentro en el Antiguo Testamento donde sólo es referida como la esposa de Putifar, hasta los viajes de Julio Verne o las elucubraciones de la Etnaíris elogiada por Fernández Spéncer, no existe relato bien contado que no expanda la capacidad de figuración y el horizonte espiritual e intelectual del buen lector.
La tradición de la poesía sufí coránica sugiere que la esposa de Putifar era Zuleica, nombre que significa hembra luminosa o de belleza deslumbrante. En el Corán y el Tanaj (rollo hebreo que incluye la Torá o Pentateuco), el capitán Putifar era oficial de la corte del rey egipcio o Faraón en la época de Jacob, 17 siglos antes de Cristo. Jacob, el tercer patriarca y quien luego tomaría por nombre Israel, tuvo doce hijos, cada uno primer ascendiente de las doce tribus de Israel. José era el hijo preferido de Jacob, por ser hijo de Raquel tras una prolongada esterilidad de ella. Sus muchos hermanos lo celaban. Zuleica se infatuó con José. Al este rechazar sus insinuaciones sexuales, lo acusó falsamente de tratar de ofenderla o violarla. Hasta en los libros religiosos como el Tanaj, el Génesis bíblico o el tardío Corán, hay relatos bien contados que merecen leerse no sólo por el placer de la lectura, definido 37 siglos antes que Barthes, sino porque saber no ocupa espacio. Para conocer mejor a Jacob y su hijo José recomiendo Sobre Jacob y la vida feliz / Sobre José (Ciudad Nueva, Madrid, 1998, 180 páginas), por san Ambrosio de Milán, un volumen que reúne dos tratados pastorales escritos a fines del siglo IV y traducidos directamente del latín.
¿Qué dirá Belliard?
El viernes pasado me sorprendió la reacción de un par de cultos lectores que atribuyeron mala fe a mi mención de que el próximo martes 18 de agosto, a las 6:00 de la tarde, el poeta y ensayista Basilio Belliard dirá un discurso sobre "el ritmo como signo del lenguaje poético" al ingresar como miembro de número a la Academia de Ciencias, en Las Damas esquina El Conde. ¿Cómo puede interpretarse mal o creer que es alguna travesura, o peor aún algo malicioso o ruin, comentar que el tema de las teorías literarias, y su aplicación científica al estudio lingüístico o crítica, ha sido por décadas uno de los temas más espinosos en las variadas capillas literarias dominicanas? No, no, no, la verdad que, para ser una ciudad con pocas librerías, pocos lectores y miles de escritores e influencers, Santo Domingo es tremendamente entretenida para quien desee llevar el hilo a tantos chismes, celos y absurdas rivalidades entre autores que lucen con más ganas de incordiarse entre sí que de producir algo digno de leerse.
¿Escribir sin existir?
Romain Gary (Vilnius 1914-París 1980) fue un reconocido escritor, diplomático y aviador militar que ganó en 1956 el premio Goncourt, el más prestigioso de Francia, por su novela Les racines du ciel (Gallimard, París, 1956, 578 páginas), publicada en español en traducción por Luis de los Arcos como Las Raíces de Cielo (Janés, Barcelona, 1958, 412 páginas). Buena novela ecologista adelantada a su tiempo, trata de las vicisitudes de un precursor de activismo medioambiental, el protagonista Morel, para proteger a los elefantes cazados en Chad, colonia francesa sin acceso al mar, al sur del Sahara en África, que se independizó en 1960. El Concourt data de 1903 y se adjudica en noviembre en París al mejor libro de prosa imaginativa, regularmente en el género de novela, con una dotación simbólica de diez euros. El verdadero premio es la garantía de ventas de cientos de miles de ejemplares y renombre internacional. Entre sus recipientes están Simone de Beauvoir, Marguerite Duras y Marcel Proust, por citar sólo tres. Los ganadores quedan impedidos de volver a concursar para dar oportunidad a autores nuevos o desconocidos.
Sin embargo, para demostrar que podría ganar una segunda vez en base a su talento y no por su nombradía, en 1975 el travieso Romain Gary sometió al jurado de la Academia Goncourt una nueva novela, La vie devant soi (La vida ante nosotros, Mundo Actual, Barcelona, 1976, 224 páginas, traducción por Ana de la Fuente), firmada con el pseudónimo Émile Ajar, conquistando por segunda vez el codiciado Goncourt y burlando la solemnidad del galardón al enviar a un sobrino a recibir su premio. La treta fue confesada con la publicación póstuma de sus memorias. Es el único caso de que un mismo autor ha recibido dos veces el Goncourt.
¿Podemos decir que Ajar no existió? ¿O que Gary existió más de una vez? Uno de los dos o quizás con otro de sus alias, esta persona afirmó que "el [buen] humor es una declaración de dignidad, una afirmación de la superioridad del hombre sobre lo que le sucede". ¡Qué bien expresado! Con un razonamiento contrario al de Gary, o sea para demostrar que escritores desconocidos enfrentan discrimen por las casas editoras, la escritora Doris Lessing (Teherán 1919-Londres 2013), escribió dos novelas en 1983 y 1984 con el nombre de Jane Somers, que su editor londinense rechazó sin reconocer su calidad y que luego fueron publicadas por Alfred A. Knopf en Nueva York. Lessing ganó el Nóbel de literatura en 2007. La fama ha sia aspetti positivi che negativi...
El prolífico y exitoso Stephen King (Portland 1947), autor de más de cien de novelas y cuentos con ventas de cientos de millones de ejemplares, entre ellas su primera novela Carrie (Doubleday, Nueva York, 1974, 200 páginas; hay edición en español en Amazon) y El Resplandor (Doubleday, N.Y., 1977, 447 páginas), es aclamado internacionalmente como un maestro insuperable del género del terror en relatos. Dado que escribía más rápidamente de lo que el mercado editorial podía absorber sus obras, asumió el pseudónimo Richard Bachman para publicar otros grandes éxitos como The Running Man, en 1982, cuya versión cinematográfica de 1987 protagonizó Arnold Schwarzenneger.
¿Robertico como Zelensky?
El ministerio de Cultura anunció los agraciados con el Premio Anual de Literatura 2026 en sus varias categorías. Entre los ganadores veo nombres conocidos y otros que no conozco. Dudo que haya pseudónimos. Los galardonados son Carlos Diloné en historia, Manuel García Cartagena en novela, Ingrid Luciano en teatro, Gustavo Olivo en cuento, César Sánchez Beras en literatura infantil, Ysabel Tejeda en ensayo y Alberto Eloy Tejera en poesía. Mis primas me comentan que el ministro de Cultura, de fama como productor de programas de entretención por televisión y malísimas películas, realiza un esfuerzo notable por promover la lectura y ferias regionales del libro, pero amigas que saben más de política que yo quisieran que ese ministerio lo ocupe algún intelectual de relieve y no un cómico de la farándula. No sé. Zelensky era otro cómico de televisión y ha salido tremendo estadista, pero a Robertico que no coja ideas... ¡Quieto, Bobby! Mientras tanto, me ocuparé de leer las obras premiadas.
¿Existir sin leer?
Stephen King no sólo sabe meter miedo. Una vez dijo que "una vida sin libros es una existencia sedienta y sin poesía es como vivir sin imágenes". Mark Twain opinaba que "las personas que pudiendo hacerlo no leen voluntariamente reducen su vida al rango inferior de las analfabetas...". ¿O eso pensaba Samuel Clemens? Aunque todo en exceso daña, como recordó Einstein al advertir que demasiadas lecturas sin digerirlas ni meditarlas, para ejercitar el criterio y aprender a conectar ideas aparentemente inconexas o dispares, inducen a la vagancia del pensamiento, al acomodo a lo que ya han pensado o escrito otros... Creo que existo porque leo y pienso, no sólo porque escribo, ¡y porque gracias a Dios también me leen! b

Mirope Bragui Pérez
Mirope Bragui Pérez