Conquistando libertades
El fin de la tiranía trujillista impulsó el despertar cívico de la juventud dominicana

El aldabonazo lo dio la acción libertaria de los conjurados del 30 de mayo, los super héroes cojonudos que pusieron fin a la existencia del dictador a la edad de 69 años y 31 de despotismo narcisista entorchado con plumaje de bicornio. Noticia que nos fuera llevada al hogar al día siguiente por un tío querido protector que le dijo a mi madre secamente: "Fefita, hoy no mandes a los muchachos a la escuela. Mataron al Jefe".
Yo, apenas contaba con 13 años y medio. Desde entonces en mí se disparó un resorte incontenible que me empujó a la calle a disputarle en la plaza pública a los "remanentes de la dictadura" los espacios de libertad que nos habían negado. No andaba solo en la faena. Fueron hermosas jornadas de pelea colectiva, que hermanaron generaciones que se confundían entusiastas en vibrante abrazo cívico. Resonaba en la voz ronca de las multitudes desplegadas en reto ante cercos de fuego contenido que a veces disparaban: "¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!"
Eso es lo que algunos de los que hoy profitan de las bondades de la democracia que trabajosamente hemos construido, no alcanzan a entender, cuando perciben ofensivos los reclamos por preservar los espacios de libertades ganados a pulso de virilidad ciudadana. Cuando el pellejo se ponía en riesgo para lograr grados de tolerancia y ejercer derechos plenos. Nadie entonces nos dio nada.
Junto al accionar en entidades cívicas, asociaciones estudiantiles, partidos, sindicatos, gremios profesionales y empresariales, grupos culturales, medios de comunicación escritos y radiales, esas generaciones que abrían senderos a fuerza de coraje también buscaron orientaciones en el fértil terreno de las ideas estructuradas en formatos de libros y revistas.
Estos materiales eran canalizados por el Instituto Americano del Libro de los hermanos Escoffet, unos republicanos catalanes ubicados en la Arzobispo Nouel frente a Helados Capri, entre Palo Hincado y Espaillat. Un rico surtido de obras literarias y filosóficas españolas, órganos de pensamiento como la afamada Revista de Occidente fundada en 1923 por Ortega y Gasset y relanzada desde el 63 por su hijo Ortega Spottorno. Las esmeradas colecciones del Instituto de Cultura Hispánica y la Gaceta Ilustrada -una suerte de Life ibérico en el que podíamos deleitarnos de las críticas de cine del académico Julián Marías en su columna Visto y no visto.
En Mercedes al lado de la Iglesia Evangélica, la Librería Dominicana de don Julio Postigo brindaba publicaciones especiales como fuera la magnífica colección de 55 volúmenes Pensamiento Dominicano, con obras de Troncoso de la Concha, los Henríquez Ureña, Lugo, García Godoy, Cestero, Bermúdez, Alix, Nolasco, Peña Batlle, Balaguer, Rodríguez Demorizi, Mieses Burgos, Inchaustegui Cabral, Rueda, Pieter, entre otros, enriquecidas por Bosch, Marrero Aristy, Veloz Maggiolo y Gatón Arce.
La Librería Amengual ubicada en El Conde entre 19 de Marzo y José Reyes, era la gran fuente de revistas de todo género y gran impacto, como las cubanas Carteles, Bohemia y Vanidades, la mexicana Siempre dirigida por Pagés Llergo con columnas de Carlos Fuentes y Lombardo Toledano. La juvenil Billiken de Argentina que nos enseñó tanto de esa gran nación y sus hombres notables. México nos brindó cancioneros populares, revistas de lucha libre con fotogramas de El Santo y Blue Demon, Muscle Power y Mecánica Popular. Y los demandados munequitos con las tiras de Disney y otras editoras de cartoons.
La Librería de la Rosa, en la Trujillo Valdez frente al cine Max. La Editorial Duarte de don Antonio Cuello con textos escolares y libros católicos. La pequeña bien surtida Quisqueyana de Chichí en la 30 de Marzo cerca de Barra Payán. Y luego la innovadora y calificada Librería Cuello de don Graciliano Cuello con las ediciones de Fondo de Cultura Económica, justo al lado del Hotel Comercial de Conde con Hostos e instalada al retornar su dueño del exilio chileno. A este portafolio librero se uniría Herrera y Lora en Mercedes entre Santomé y Espaillat, con textos universitarios y créditos generosos de Francisco.
Para mí y otros de mi generación, la Librería América de Perucho y Leoncio Bisonó, quienes llegaron de Santiago en los 60 y montaron tienda en Nouel con Sánchez, habilitadas sendas vitrinas abarrotadas de atractivos títulos con temas novedosos que mordían nuestra curiosidad ansiosa, fue el espacio mágico para repasar librero por librero y cada uno de sus tramos, y sus mesones cargados de portadas provocativas con esmerada ilustración que invitaban a la lectura.
Con ojo mercadológico, los Bisonó -gente amable y sencilla sin pretensiones de sabios- seleccionaron materiales que respondían al interés del momento, a los tópicos que flotaban en un ambiente de reciente estreno. Ahí encontrábamos los textos clásicos de filosofía política de Maquiavelo (El Príncipe y Discurso sobre la primera década de Tito Livio), Hobbes (Leviatán), Locke (Sobre el gobierno civil), Montesquieu (El espíritu de las leyes), Rousseau (Emilio o De la Educación, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad de los hombres y El Contrato Social), Voltaire (Cándido o el Optimismo, Diccionario filosófico).
Del psicoanalista judío alemán Erich Fromm, pupilo de Alfred Weber (hermano del sociólogo Max) y establecido desde los 40 en Estados Unidos, sus títulos El Miedo a la Libertad y El Arte de Amar, publicados por Paidós de Bs Aires, de gran impacto académico. El Ariel del uruguayo Rodó advertía a la juventud sobre el riesgo del utilitarismo y la nordomanía. Desde Argentina se hizo viral El Hombre Mediocre de Ingenieros. Y México aportaba el reivindicador Los de Abajo de Azuela y en 2 tomitos Breve historia de la revolución mexicana de Silva Herzog. Rivera nos atrapaba en narrativa con La Vorágine, Gallegos con Doña Bárbara, Icaza con Huasipungo y Alegría con El mundo es ancho y ajeno. Quiroga, ese bárbaro uruguayo, nos enloquecía con Cuentos de amor, de locura y de muerte y Cuentos de la Selva.
La poesía hinchaba sus códigos épicos en Canto General de Neruda, Antología Rota de León Felipe, Antología Clave de Manuel del Cabral y bailaba rítmica en Sóngoro cosongo de Guillén, Motivos de son y El son entero. Los iberos elevaban el canto con Lorca, Machado, Alberti. Grande se alzaba Whitman al tiempo en que nuestro Pedro desterrado regresaba con su locomotora de sueños y raudo nos llevaba por los fueros del ingenio.
Dos tomitos de la Colección Popular de FCE encenderían las praderas: del psiquiatra Frantz Fanon Los Condenados de la Tierra, que expone el drama del colonialismo en Argelia y África, prologado por Sartre. Y del sociólogo de Columbia C. Wright Mills Escucha Yanqui, acerca de la revolución cubana.
En Librería América se encontraban de FCE Antropología Filosófica del neokantiano Ernest Cassirer, Introducción a la Historia de Marc Bloch, El Existencialismo de Bobbio (con portada del bizco de Sartre con su pipa), Los Partidos Políticos de Duverger y La Elite del Poder de Wright Mills. Igual de Duverger Métodos de las Ciencias Sociales de Ariel. De EUDEBA, El Hombre Político de S. Martin Lipset, Los que Mandan de Imaz.
Dos libros me cautivaron y abrieron la mirada a nuevos mundos, Biografía del Caribe y Entre la Libertad y el Miedo. De la autoría del historiador, ensayista, catedrático de Columbia y diplomático colombiano Germán Arciniegas. Un ícono del americanismo e incesante luchador por la libertad, tenaz adversario de mandones, director de Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, revista editada en París a la que di seguimiento.
A quien tuve la gracia de conocer en mayo de 1977 a invitación del presidente Balaguer, condecorado en el Salón Verde del Palacio Nacional en discreta ceremonia coordinada por el embajador Enriquillo Rojas Abreu, director cultural de la Cancillería. En una segunda ocasión, bajo el Decenio del culto estadista, regresó el humanista colombiano a dictar cátedra magistral en la casa de gobierno ante un selecto auditorio. Parte de un programa cultural palaciego que tuvo como invitados a Paolo Emilio Taviani, biógrafo de Colón, Uslar Pietri, Luis Alberto Sánchez, Anderson Imbert, en cual colaboramos Manuel García Arévalo, Pedro Delgado Malagón y un servidor.
En octubre de 1990 nos reconectamos en Chile en el marco de la Conferencia Iberoamericana de las Comisiones Nacionales del V Centenario del Descubrimiento -que Arciniegas prefería denominar Encuentro de Dos Mundos-, bajo el retorno a la democracia con Patricio Aylwin y Pinochet tutelando en la jefatura de la fuerza, con la presencia de los reyes Juan Carlos y Sofía. Fue una semana enriquecedora compartiendo en el Carrera Hilton y en toda la línea del programa con este jovial y sabio caballero nonagenario, acompañado por su hija Gabriela, quien le llamaba Papaíto.
Platicamos sobre lo humano y lo divino, Vespucci, el intercambio cultural entre América y Europa, el sentido del V Centenario y otros temas. Atentos García Arévalo, Pérez Montás, Chez Checo y Carías Dominici. Nos contaba de las andanzas con su amigo Balaguer en los 40 recorriendo los salones literarios bogotanos: "Era muy enamoradizo ese don Joaquín Balaguer, frecuentando las veladas culturales de las célebres hermanas..."
Liberal antidictaduras, Arciniegas fue a parar a Columbia en 1947 por 10 años. En el seminario semanal de Fran Tannenbaum coincidían líderes exiliados como Betancourt, Figueres, Caldera, Haya, Villalba, cuyos aliados eran Herbert Matthews del Times y Miss Francis Grant. También participaba Galíndez con su tenacidad antitrujillista que le llevó a escribir en Columbia su afamada tesis doctoral sobre la Era.
"Al gran divulgador de la tiranía de Trujillo, Galíndez, lo agarró una noche, cuando iba de la salida del subway a su departamento en down town, un sicario. Inconsciente, le llevó a un aeropuerto vecino, lo metió en una avioneta y así pudo asesinarlo en Ciudad Trujillo el generalísimo. Y echarlo al mar para que se lo tragaran los tiburones. No hay que pensar que en estas aventuras no viéramos la posibilidad de consecuencias semejantes. New York no era una ciudad segura. Lo de Galíndez no fue único. Trujillo trabajó en terreno que le favorecía: el imperio de la Ley McCarthy. Denunciarnos como comunistas fue expediente muy seguro para los dictadores. Pero teníamos amigos, como la casa editorial Knopf".
Así, antes que fuera multimpreso en español, se editó en inglés Entre la libertad y el miedo en 1952 un verdadero misil dirigido a denunciar una docena de dictaduras que plagaban el continente. Cuando la libertad había que conquistarla.

José del Castillo Pichardo