El bistec electoral
La historia electoral dominicana no se parece mucho a la norteamericana, al menos no hasta ahora, 2026

Cuando avisaron que en Estados Unidos se les daría 5,000 dólares a cada cabeza, Digna Astacio (es un nombre ficticio para comodidad narrativa), dijo que eso era lo suyo. Intentaría ir a New York para esperar el regalo del gobierno. Sintetizamos que Nueva York es un refugio para ella. Quiere estar allí cuando empiecen a dar el dinero.
Para tenerlo claro y para fines comparativos, yéndonos un poco lejos en la historia, recordemos el famoso cuento del escritor norteamericano Jack London, Por un bistec que salió en 1909 en el Saturday Evening Post. Es bueno saberlo: London ganó 500 dólares por esta historia (fueron 15 dramáticas páginas). Aterrizando en nuestra época, el título climatizado sería: "Por cinco mil tululuces de los verdes".
En el cuento de London se narra la pelea de Tom King, un boxeador de 50 años, ya cansado y viejo. Con esta pelea éste ganaría un dinero que lo sacaría de la pobreza y del hambre: accede a pelear contra Sandel, un joven de 22 años. Después de una ardua lucha, King pierde la pelea y llega a la casa sin el bistec.
Entre muchas historias, London escribió Knock Out: tres historias de boxeo, obra escrita entre 1905 y 1911. Hay un cortometraje latinoamericano con el mismo título de la historia, realizado por Sebastián López con actuación de María Elena Canedo, Eduardo Enciso, Arturo Soto Sarabia y guión de Gabriel Salazar.
Asimismo, hay una película francesa (Le Steak, 1992), que se basa en la citada historia de London. Tiene la dirección de Pierre Falardeau, la producción de Joanne Carrière y la actuación de Gaétan Hart. La distribución fue de la National Film Board de Canadá; la música, de Robert Leriche y la edición de Welner Nord.
Hace apenas cuatro días, en la televisión nocturna norteamericana se analizaba el asunto del pago. Bajo los reflectores, se hablaba de los 5 mil dólares a darle a los votantes. Algunos opinaban —en televisión nacional—, que esto era compra de votos, algo que ciertamente dominamos los dominicanos. "Sabemos de estos chanchullos", me dice alguien.
Desde una óptica histórica, todos hemos escuchado que aquí se cambiaban las cédulas por un amable picapollo y quinientos pesos. Si somos más realistas, podemos dar el dato: en algunas ocasiones (más lejos en el tiempo, o sea hacia atrás), se habló de darle a los electores alguna que otra "chata", las pequeñas botellas de whisky barato de los abarrotados colmados de los ochentas. También está verificada muchas veces, la repetida compra de cédulas de manera directa.
Más temprano, en la época en que el presidente Joaquín Balaguer hacía "de las suyas", se podía esperar a que se les entregara a la gente del partido opositor las boletas del otro candidato. No había sistema de boleta única sino un montón de boletas que te entregaban para que las colocaras en un sobre y así votar. Así se sabía que no habías usado las boletas del contrario, o sea habías votado por el candidato que se esperaba. Te pagaban después de entregar y mostrar las boletas, aunque no tengo la cifra de cuánto era el pago. La persona que hizo esto ya no está con nosotros. Lo ocurrido fue en 1978 cuando Antonio Guzmán ganó las elecciones con la presión de Jimmy Carter y una participación del 75.8 %. La gente de la época (nuestros más viejitos), podrán corroborar este asunto para establecer el hecho histórico. En las casetas, se colocaban las boletas electorales en los bolsillos de unos pantalones apretujados de papeles. Eran tiempos electorales-prehistóricos.
Otro método del que se me habla repetidamente es la expulsión del padrón (sacar al votante). Vimos esto en los noventas. Algunos seres oscuros eran entrenados en detectar los votantes del padrón que eran perredeístas para sacarlos del padrón de la Junta (tal arte es plausible de corroborar con sustento histórico, pero ahora lo introducimos como mecanismo de trabajo). En algunos libros se nos aclara mucho sobre la crisis del 94 y antes, la del 1978. Abundan los rumores —no siempre ciertos—, de que votaban los haitianos, los muertos y los militares. Estos temas están revestidos de cierto tipo de dramatismo. En 1978, vimos a los militares con banderas rojas en las puntas de las bayonetas.
Para imaginar otro escenario y siendo un poco sarcásticos, algunos dominicanos podrían pedir en los colmadones o colmados que se les aumente la oferta electoral, no un picapollo sino tres. Y no quinientos pesos sino un billete de los azules (de 2000). Nos dirían: "algo es algo". Podríamos hablar entonces de un bistec electoral, una oferta que pocos se animarán a rechazar: 5 mil dólares.
Consideramos que de alguna manera podremos acceder a la película-documental o al cortometraje sobre London. De ser así, estaremos de suerte.

León de Moya