Galíndez x Galíndez
La burla a la intimidad de Trujillo que desató una venganza mortal

Mucho hilo se ha tejido acerca de las causas que provocaron el secuestro de Jesús de Galíndez el 12 de marzo de 1956 en New York, su traslado aéreo narcotizado hasta Ciudad Trujillo para ser confrontado por el vengativo generalísimo y su desaparición. Tras asistir esa noche fatídica a compromisos académicos en la prestigiosa Universidad de Columbia donde era docente de Derecho Público Hispanoamericano e Historia de la Civilización Iberoamericana, en la que presentara su tesis doctoral La Era de Trujillo: un estudio casuístico de dictadura hispanoamericana.
Nacido (12/10/1915) y criado en Madrid, hijo de oftalmólogo, estudió el colegio con los jesuitas y se graduó en Derecho en la Universidad Central. La raíz vasca paterna lo llevó a frecuentar en vacaciones Amurrio, Álava, anidándose la identidad con Euskadi que lo hizo militar adolescente en el Partido Nacionalista Vasco. Actuando en su delegación en Madrid durante la Guerra Civil (1936/39) y también en Valencia y Barcelona.
Portadas de revistas, columnas de diarios, indagaciones detectivescas, denuncias y protestas, obras históricas, novelas, documentales y largometrajes, han informado y debatido este episodio como escándalo de gran calado. Detallando modo operativo, actores intelectuales y materiales, limpieza de testigos y consecuencias reputacionales que afectaron al régimen a nivel internacional. A la sazón, Galíndez representaba al Gobierno Vasco en el Exilio ante la ONU y el Departamento de Estado, vinculado al FBI y a la CIA a las que servía con código asignado.
La tesis fue publicada post mortem en Chile por Editorial del Pacífico en junio de 1956. Pero poco se ha reparado sobre un texto que vio la luz pública un año antes de La Era de Trujillo en la reputada revista bimensual Cuadernos Americanos dirigida en México por Jesús Silva Herzog, en número marzo-abril1955, titulado "Trujillo el Benefactor: Un Reportaje sobre Santo Domingo". Un detonante de las iras del "Ilustre Jefe" que debió abrirle el apetito vengativo, culminante en la temeraria operación en el Village de Manhattan que segó la vida del "vasco malagradecido". Considerado inicio de la decadencia de "Carrillo, el Dispensador", como le llamara el chileno Enrique Lafourcade en su novela La Fiesta del Rey Acab (1959).
Galíndez arribó a esta media ínsula a finales de 1939 residiendo hasta inicios de 1946 en el feudo del Benefactor de la Patria. Alentado por Rafael César Tolentino y visado en Burdeos, creía encontraría un lugar menos poblado por sus congéneres del exilio republicano que buscaron destino masivo en el México del PRI y en menor rango en el Chile del Frente Popular por gestiones del cónsul para las migraciones Pablo Neruda -antiguo cónsul en Madrid identificado con la República. Sorprendido halló miles de compatriotas en las calles céntricas de la capital acogidos por "la benevolencia magnánima del Jefe".
A diferencia de la tesis de Columbia -escrita con rigor académico-, este material de Galíndez, cargado de giros burlescos, contenía alusiones agraviantes para motivar la venganza bestial del dictador, referidas a los rincones de alcoba y redes familiares. Ridiculizada su imagen por un enfermizo narcisismo.
Antes, en 1949, el gallego José Almoina -quien como Galíndez fue docente en la Escuela Diplomática de la Cancillería y además secretario particular del generalísimo-, dio a la estampa Una satrapía en el Caribe bajo el seudónimo de Gregorio Bustamante, en la cual acusa de "ambisexual" a Trujillo. Radicado en México, escribió por encargo el apologético Yo fui secretario de Trujillo, Bs Aires 1950. Pese a ello, la mano criminal del sátrapa lo alcanzó en 1960, atropellado por un auto que lo mandó a la tumba. "Fue Trujillo, fue Trujillo", clamaba en sus últimas.
En agosto de 1956 el texto de Cuadernos Americanos fue reproducido en Bs. Aires en opúsculo de 45 páginas con prólogo de Américo Ghioldi, un socialista democrático, periodista y legislador, con quien Galíndez compartió en Columbia en el seminario de Frank Tannembaum, junto al colombiano Germán Arciniegas y líderes de la región que combatían las dictaduras.
"Estas páginas de Jesús de Galíndez, anticipo de la tesis sobre Santo Domingo que se conoce gracias a la Universidad de Columbia, presentan con fineza, sin artificios, la historia natural de un despotismo personal que impera desde hace más de un cuarto de siglo, y que constituye un ejemplo de ese mal de América que tanto sufren los pueblos y que tanto ha preocupado a los estudiosos latinoamericanos desde los días iniciales de la independencia. Galíndez no califica el modo de ser de esta tiranía cruel y pintoresca que "sigue a caballo" a pesar de sus increíbles actos de barbarie.
Narra hechos, la presenta descarnadamente y hasta con una buena dosis de "humor". Pero de sus páginas va saliendo la imagen de un déspota "generalísimo" y "doctor honoris causa", ''benefactor de los pobres" y "máximo trabajador", dispensador de prebendas y honores, perseguidor cruel e implacable, megalómano hiperbólico, resistente al ridículo y a la crítica universal, saqueador de libertades y de bienes, en fin, propietario del gobierno, o mejor, de todo el poder económico y político de Santo Domingo. Es la descripción fiel y animada de la historia natural de un déspota de la que surge el drama de un pueblo que vive en la esclavitud y la miseria.
Ahora los argentinos entendemos mejor estas dictaduras, que cultivan la opereta y el sainete, manejan recursos grotescos no exentos de ingenio diabólico, y se conducen de manera tal, como si su técnica consistiera en hacer verosímil el absurdo, posible el imposible. El déspota dominicano, gusta usar un traje militar recamado de oro y mandado confeccionar por su congénere de la Argentina, el célebre dictador depuesto en septiembre de 1955, otro tipo de la misma especie, menos autóctono, aunque más geométricamente coherente como dictador totalitario. El dominicano felicitó al argentino por su invento de la bomba atómica, pero por las dudas de que se tratase de una broma, éste no tardó en contestarle a lo Mark Twain, pues ofreció mandarle toda la energía atómica que necesitase tan pronto se la pidiese . . .
Jesús de Galíndez no indaga causas, ni inserta explicaciones filosóficas, ofrece en su reportaje una imagen animada del personaje. Late, sin embargo, en sus páginas un propósito transparente, el de " estudiar bien el mal", como aconsejaba Maquiavelo, porque no hay forma de superar el mal sin previamente conocerlo, como medio de suscitar el horror y la vergüenza. La tarea no estaba libre de peligros. Jesús de Galíndez, el buen vasco de ingenio, buen humor y limpia fe, bien lo sabía. Un día del mes de marzo de 1956 saliendo de la Universidad de Columbia después que yo diera una charla sobre la Argentina en la cátedra de Frank Tannenbaum, Jesús de Galíndez nos dijo a A. Gainza Paz, director de La Prensa y a mí, que había terminado la tesis sobre Santo Domingo, y agregó sonriendo: — "Espero que no me pase lo que al dominicano que por hablar fue muerto aquí en Estados Unidos por unos sicarios del tirano".
Galíndez desapareció, sin saberse cómo, de la Quinta Avenida de New York. No se conocen aún los detalles de su asesinato. Su libro sobre el drama de Santo Domingo será la eterna y quemante acusación contra una de las formas más repudiables del despotismo latinoamericano. Y si la justicia de los Estados Unidos no consigue aclarar el misterio del gran crimen, yo creo que el gobierno de los Estados Unidos, en deuda con la conciencia de América, debe producir una compensación a título de desagravio y de reparación moral."
Veamos algo de lo dicho sobre Trujillo y Ramfis por quien vivía en el número 30 de Quinta Avenida, sede de la Delegación del PNV. Un incordio para dos generalísimos hermanados, Trujillo y Franco. Anidado en las redes de inteligencia USA.
"Este lado humano del personaje político es de lo más interesante; digno de una novela, y de las que se leen bien. Ha estado casado tres veces; la primera parece fue cuando aún su estrella no había subido bastante en el cénit, y los rasgos ligeramente mulatos de su famosa hija Flor de Oro perpetúan el recuerdo de una esposa descartada cuando el general Trujillo juzgó necesario tener una Sra. Trujillo más presentable. La segunda ya pertenecía a la buena sociedad, pero no satisfacía los ideales de belleza del nuevo presidente; quien, para contraer matrimonio con la tercera, y al parecer definitiva, no vaciló en hacer modificar la Ley de Divorcio a fin de incluir una causa tan injusta como la de no tener un hijo a los cinco años de matrimonio.
Bueno, esto del hijo obligó además a aprobar otra nueva ley poco después; porque Trujillo carecía de heredero varón, y quería legitimar como suyo al adulterino que su tercera esposa dio a luz poco antes de divorciarse de un cubano que rechazó su paternidad (cursivas JDCP). Doña María de Trujillo firmó años después una columna periodística dominical, sumamente curiosa, con el título de "Meditaciones morales".
Este hijo es el célebre "Ramfis". No fue bautizado así, es apodo adquirido en la niñez y no precisamente por influencia de la ópera Aída. A los nueve años fue designado General de Brigada, lo que por algún tiempo provocó el natural regocijo de todos. Cuando alcanzó los 14, el periódico nos comunicó debidamente que había decidido renunciar tal generalato para comenzar la carrera de las armas desde los primeros pasos; en carta ejemplar dirigida a su "querido papá", reproducida junto con el Decreto Oficial en que el presidente Trujillo admitía la renuncia del general Trujillo, y las cartas de felicitación de cuantos secretarios de Estado, senadores y diputados tuvieron conocimiento del hecho a tiempo; todos se apresuraron a proclamar tal rasgo como modelo a imitar por la juventud dominicana.
Bueno, si resulta modelo no puede menos de ser alentador para la juventud de cualquier país. Porque el nuevo cadete Trujillo fue subiendo rápidamente, uno por uno, todos los grados del ejército hasta volver a ser general hacia los 23 años; pero esta vez por "rigurosos méritos". Al mismo tiempo se doctoraba en Derecho, y obtenía las máximas condecoraciones de los órdenes de Cristóbal Colón, Juan Pablo Duarte y hasta de Trujillo. Hoy es Mayor General y Jefe de Estado Mayor de la aviación dominicana, juega al polo en Miami, y no hace mucho fue padrino de la fugaz boda entre Porfirio Rubirosa y Barbara Hutton."
En mi columna "El sino trágico de Galíndez" (DL 15/4/22) referí que al ingresar al SIM en la México leí esta sentencia siniestra: "Por la boca muere el pez".

José del Castillo Pichardo