La agonía de María Trinidad Sánchez
El fatídico destino de la primera mártir de la República Dominicana
En su documentada biografía titulada Sánchez, dos tomos (1947), Ramón Lugo Lovatón reconstruyó paso por paso aquel fatídico 28 de febrero de 1845, cuando tuvo lugar el fusilamiento de María Trinidad Sánchez y compartes en virtud de la sentencia que tres días antes los condenó a la pena capital.
María Trinidad fue la primera mujer fusilada por asuntos políticos en la República Dominicana, hecho que llenó de oprobio -escribió Vetilio Alfau Durán- a la primera administración del general Pedro Santana. No fue ella la primera exponente del sexo femenino que murió en la isla víctima de una injusticia política. Se recordará que, en los albores de la conquista, la cacica Anacaona pereció ahorcada, en Jaragua, por órdenes del gobernador frey Nicolás de Ovando.
Al despuntar el día 28 de febrero, María Trinidad se hallaba recluida en el presidio de la fortaleza de Santo Domingo, acompañada por monjas carmelitas de la iglesia de Santa Clara, de la que era ferviente devota. Los acusados de complotar contra el gobierno fueron confesados por un sacerdote y, poco después, entre sollozos, las monjas se despidieron.
Los condenados abandonaron el recinto carcelario custodiados por un pelotón de soldados, dirigiéndose al camposanto ubicado extramuros de la ciudad. Era el cementerio hoy contiguo al parque Independencia -construido en 1824-, y que ha sido declarado cementerio patrimonial o museo a cielo abierto. En la cercanía de esta necrópolis antaño había un viejo almendro que durante muchos años fue utilizado como lugar donde eran fusilados los condenados a muerte.
Desde la fortaleza, la lúgubre procesión se desplazó por la calle Colón (Las Damas) hasta internarse en la del Clavijo (calle del Conde). Mientras traspasaba la puerta del Conde, es fama que María Trinidad dijo en voz alta: "¡Dios mío, cúmplase en mí tu voluntad y sálvese la República!".
Numerosos ciudadanos, tanto de la capital como de la villa de San Carlos, acudieron al lugar del patíbulo para presenciar el triste episodio. Una vez en las proximidades del camposanto, los sentenciados a muerte se alinearon, debajo del viejo almendro, frente al pelotón de fusilamiento.
En la tradición oral de la familia Sánchez se conservan acaso las últimas palabras de María Trinidad: confesó creer en Dios; dijo que perdonaba a todo aquel que le causó algún mal y exclamó: "Que los dominicanos sean unidos". Acto seguido, consciente de su desgracia y con admirable dignidad escuchó, serena, la orden lapidaria del soldado: "¡apunten, fuego!".
Ese aciago día, María Trinidad llevaba un pantalón debajo de la falda para evitar que, al caer, sus partes íntimas quedaran expuestas a la concurrencia. Previo al fusilamiento, el arzobispo Tomás de Portes e Infante les dio la absolución a los condenados y, de inmediato, se procedió con las ejecuciones.
Los primeros en caer acribillados fueron los hombres. En cuanto a María Trinidad, la primera descarga no le segó la vida: quedó herida y hasta su vestido prendió en llamas. Dicen que le pidió a Narciso Sánchez, su hermano, que terminara con su suplicio, pero que el arzobispo se opuso porque ello habría equivalido a "repetir autorizadamente el ejemplo de Caín".
De nuevo, el pelotón disparó contra María Trinidad Sánchez, que esa vez sí cayó muerta, terminando así su agonía. Según Lugo Lovatón, "parece que los del piquete temían fusilarla, o que el destino, a última hora, titubease frente a la bravura de aquella espartana y singular mujer". ¡Loor eterno a la primera mártir dominicana!

Juan Daniel Balcácer