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Condear

Recuperar El Conde es una decisión cultural y económica impostergable

Condear: verbo perfectamente entendido. Significaba pasear sin prisa por la calle El Conde, dejarse ver, mirar vitrinas, encontrarse. Era una manera de habitar la ciudad y, en cierto modo, de pertenecerle. Hoy, ese verbo se conjuga casi solo en pasado.

La emblemática vía ha ido del esplendor al abandono. De corazón nacional a espacio cansado, donde la decrepitud arquitectónica y el desorden han borrado, poco a poco, su antigua dignidad. El Conde ya no convoca, apenas sobrevive. En ese tránsito silencioso se apaga una parte de la memoria urbana.

El deterioro habla de fachadas vencidas o comercios improvisados. También de una ciudad que le dio la espalda a su centro histórico, como si lo viejo fuera un estorbo y la historia no generara valor. Las capitales que se respetan cuidan sus ejes simbólicos porque saben que ahí se juega algo más que estética: se afirma una idea de continuidad y pertenencia.

El Conde fue paseo, comercio, conversación, enamoramientos, aspiración compartida. Fue una idea de país caminable, visible, común. Su estado actual no puede asumirse con resignación ni cubrirse con promesas esporádicas de recuperación.

Rescatar El Conde es una decisión urbana, cultural y económica. Una urgencia. Si en Santo Domingo dejamos de condear, perderemos nobleza, extraviaremos una parte esencial de nosotros mismos.

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