No cortejemos accidentes por negligencia
Ignorar las normas es invitación al desastre
Once muertos. Una furgoneta hecha trizas contra un árbol. Y al volante, un menor de 13 o 14 años. Ocurrió en Bolivia, sí, pero la geografía no absuelve ni nos exime. La tragedia no reconoce fronteras cuando se le allana el camino.
Las cifras bolivianas hablan de 1,400 muertes al año por accidentes de tránsito. Cambien el acento y el paisaje, y el diagnóstico se parece demasiado al nuestro. Aquí también manejamos como si nada fuera a pasar, como si la ley fuera una sugerencia y no un límite.
Otorgar licencias de conducir no puede seguir siendo un trámite complaciente. Requiere criterio, rigor y, sobre todo, autoridad. Y después, vigilancia. Porque de nada sirve una norma si se viola con naturalidad y sin consecuencias.
En Casa de Campo se prohibió que menores conduzcan carritos de golf. La intención fue correcta. La aplicación, no tanto. Basta caminar o conducir unos minutos para ver la disposición ignorada con total desparpajo.
En el país es habitual ver a menores conduciendo motores de pequeña y mediana potencia, como si se tratara de un juego de adultos en versión reducida.
Cada norma ignorada es una invitación abierta al desastre. Cada desastre anunciado nos deja, luego, sin derecho a fingir sorpresa.
