Se repite el cliché: busca la mujer
Epstein entendió que en el placer es debilidad
Cherchez la femme, sí, pero no en el sentido clásico —ese guiño parisino a la intriga romántica—, sino en su versión contemporánea y más sórdida: busque el sexo. Ahí está la clave del caso Epstein, quizá la explicación más elocuente de cómo un hombre, sin linaje ni mérito público, logró agenciarse la amistad y los favores de tantos personajes de solera.
El dinero abrió puertas, desde luego. Pero fue el sexo —fácil, comprado, inducido o traficado— lo que selló alianzas. Epstein acumuló riqueza y secretos en una cama ajena. Esos secretos se han convertido en cadenas y condena social. Así se entiende el desfile de apellidos ilustres hacia su isla privada y sus mansiones: Iban por una promesa más antigua que la diplomacia y más poderosa que la reputación.
El escándalo estalla por una maquinaria donde la lujuria fue moneda de cambio y la complicidad, pasaporte de entrada. Hoy, cuando los nombres vuelven a circular como espectros, se escucha un crujir de dientes que no se queda en Manhattan ni en Florida. Retumba también en los pasillos del poder, hasta en el Palacio de Buckingham y las bóvedas bancarias.
Epstein entendió algo brutal. En ciertas alturas, el placer es debilidad y la debilidad, control.
