Lecciones de esas dictaduras lejanas
En Pyongyang, la experiencia se improvisa
En las dictaduras —y Corea del Norte es su caricatura más feroz— el sexo es un dato político más que un pasivo. El poder no se hereda como un apellido, sino como una liturgia, y la sangre funciona mejor que las instituciones. Que la inteligencia surcoreana sugiera que Kim Ju Ae, con apenas 13 años, ha pasado de "entrenamiento" a "sucesora designada" es una curiosidad familiar y la confirmación de que el régimen desconfía de todo lo que está fuera del útero.
La pregunta, inevitable, es casi obscena por su simpleza: ¿qué consejo sobre el uso del poder puede dar una niña? Ninguno, salvo el que ya encarna sin saberlo. Su utilidad se deriva de lo que representa porque poca cosa ha de pensar. En Pyongyang, la experiencia se improvisa y la legitimidad se escenifica; la niña no decide, pero acompaña el trono mientras aprende a cabalgarlo..
Porque allí la inocencia mitó de inocencia en estorbo. No hay muñecas, hay misiles. No hay juegos, hay desfiles. El mausoleo sustituye a la escuela, el uniforme reemplaza al juguete y la mirada del padre se vuelve el primer entrenamiento para mandar sin preguntar.
En el autoritarismo, hasta la infancia es propaganda.
