El espejo mexicano
El Mencho ha muerto, pero el Estado paralelo sigue intacto
La muerte de “El Mencho”, Nemesio Oseguera Cervantes, ha servido para desnudar la magnitud del poder que las estructuras criminales han construido durante décadas en México. Cuando cae un jefe, el sistema se activa en vez de derrumbarse. Las plazas se disputan, los sicarios se reacomodan, los aliados se reagrupan y las comunidades quedan atrapadas en un fuego cruzado que no distingue inocentes.
Sicarios y malhechores sembraron el caos en Puerto Vallarta, punto emblemático del atractivo turístico mexicano.
Sin exageración, puede hablarse de un Estado paralelo. Tiene jerarquías, códigos de lealtad, tribunales informales y un régimen propio de castigos. Cobra “impuestos” regula territorios, impone toques de queda invisibles y decide quién puede trabajar o circular.
En Colombia lo vimos con crudeza: los carteles traficaban con droga y también infiltraban instituciones, financiaban campañas y desafiaban abiertamente al poder legítimo. En México, esa sombra se ha vuelto paisaje.
El peligro no es solo la violencia espectacular, sino la normalización del miedo. Cuando la sociedad aprende a convivir con la intimidación cotidiana, el crimen organizado ya ganó media batalla.
Ese es el espejo en que debemos mirarnos. Para la prevención. Fortalecer la justicia, blindar la política, cerrar espacios a la impunidad. Los Estados no colapsan de golpe; se erosionan lentamente.