El país de los chivos sin ley
La fe, si es auténtica no necesita imponerse
Se nos está pegando el sambenito peligroso de país sin ley, donde nada ni nadie se respeta. Puede parecer exagerado, pero basta salir a la calle para entender de dónde nace esa percepción.
El tránsito es el ejemplo más visible. No es solo desorden sino una cultura de imposición, de quien se cree con derecho a pasar primero, a violar la norma, a ignorar al otro. Eso, repetido miles de veces al día, dice mucho más que cualquier discurso.
Pero no se queda ahí. Está también en lo cotidiano: la basura tirada donde no corresponde, el ruido innecesario, la música a todo volumen como si el espacio público fuera propiedad privada. Nos cuesta convivir sin invadir.
Incluso en lo que debería ser espacio de recogimiento, hay excesos. El respeto al otro —al prójimo— no puede depender del volumen ni del protagonismo. La fe, si es auténtica, no necesita imponerse.
Nada de esto es banal. Son señales de una convivencia deteriorada, de una idea débil de comunidad.
El problema no es solo la falta de autoridad. Es también la falta de autocontrol.
Mientras no entendamos que vivir en sociedad implica límites, seguiremos alimentando esa imagen que tanto nos incomoda... pero que, a ratos, nosotros mismos confirmamos.
