Héctor José Rizek Llabaly, macorisano visionario
Un legado construido con trabajo y constancia
Antes de que las redes sociales impusieran su vértigo y la noticia se consumiera en segundos, en San Francisco de Macorís se trabajaba con otro pulso. Más lento, más paciente, más cercano a la tierra. En ese tiempo —no tan remoto como parece— Héctor José Rizek Llabaly encarnó, con naturalidad, ese espíritu del inmigrante que busca propósito tanto o más que arraigo .
Quizás la intuición lo llevó al cacao. Supo ver, en un cultivo tradicional, una posibilidad de transformación. Apostó cuando no era evidente, perseveró cuando no era fácil. El tiempo —que es el único juez fiable— le dio la razón, y la capacidad para acometer exitosamente otras áreas de negocios.
Hoy el cacao dominicano es sinónimo de calidad, y en esa historia el apellido Rizek ocupa un lugar bien ganado. Antes que herencia hubo trabajo, reconocimiento y, sobre todo, constancia y determinación.
Don Héctor se ha ido, como se van los hombres que dejan huella sin estridencias. Queda su obra, su ejemplo, y sus hijos, formados en esa misma disciplina silenciosa que convierte el esfuerzo en legado.
Los dominicanos debemos conservar la memoria agradecida de quien supo ver futuro donde otros apenas veían tierra en esa provincia situada en el corazón cibaeño. A sus deudos, consuelo.
