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El porqué hay tantos accidentes

Cuando el atajo se convierte en una tragedia inevitable

En la autopista 6 de Noviembre se condensa, como en una metáfora de asfalto, el gran problema nacional de la convivencia imposible entre la norma y la costumbre. Lo que allí ocurre -accesos improvisados, giros indebidos, cruces temerarios- es la regla que se repite, con variaciones mínimas, a lo largo y ancho del país.

Cualquiera se siente con derecho de abrir una entrada donde le convenga, como si las vías de alta velocidad fueran caminos vecinales. Así, el conductor que avanza confiado se encuentra, de pronto, con otro que irrumpe sin cálculo ni prudencia, obligando a frenazos bruscos que muchas veces terminan en tragedia.  Es solo imprudencia y anarquía.

Las autoridades tienen su cuota. La permisividad, la falta de vigilancia efectiva y la débil sanción crean un terreno fértil para el desorden. Pero sería ingenuo cargar toda la responsabilidad en el Estado. Aquí también hay una cultura del atajo, una peligrosa convicción de que la norma es opcional y el riesgo, ajeno.

Luego vienen las cifras, los informes, el triste privilegio de figurar entre los países con mayor índice de accidentes de tránsito. Y nos sorprendemos. Mientras no entendamos que respetar la vía es respetar la vida, seguiremos contando muertos como si fueran parte inevitable del paisaje.

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