El drama acarrea olor a pobreza
El subdesarrollo normalizado en el Gran Santo Domingo
El dolor de Willian Alcántara es íntimo y también social. La muerte de su hija, en circunstancias marcadas por la precariedad, retrata con crudeza una realidad que se repite en demasiados rincones del Gran Santo Domingo. No es un hecho aislado, sino la expresión más desgarradora de un problema estructural que el país ha aprendido, peligrosamente, a normalizar.
En sectores como Los Alcarrizos, las viviendas se levantan muchas veces al margen de toda norma, en terrenos vulnerables, donde la geografía y la pobreza conspiran juntas. Allí, cada lluvia es una amenaza y cada pared, una incertidumbre. No se trata de irresponsabilidad individual, sino de la ausencia prolongada de políticas públicas eficaces en ordenamiento territorial, vivienda digna y prevención de riesgos. Es un mal que viene de lejos.
¿A quién culpar? La pregunta es tan inevitable como molestosa. Más allá de las decisiones personales, el drama de este padre es también la reproducción vivida del subdesarrollo: una cadena de omisiones donde el Estado llega tarde o, peor aún, no llega.
No queda más que exigir que las autoridades socorran al infortunado y acompañen su duelo con acciones concretas. Pero también urge algo más profundo: romper el ciclo. Porque si nada cambia, esta tragedia —con otros nombres, en otro barrio— volverá a escribirse.
