La bocina, idioma nacional
El ruido del tránsito dominicano como forma de desahogo colectivo
En el tránsito dominicano, la bocina no es un accesorio: es una extensión del carácter. Aquí no se toca, se sofoca. El semáforo apenas amaga con cambiar y ya hay alguien recordándole su deber con un bocinazo preventivo, por si acaso.
En los tapones, la lógica se evapora. Si el carro de adelante avanza un suspiro, detrás se arma una sinfonía como si se hubiera abierto la autopista del futuro. Y ni hablar de los motoristas, que más que bocina llevan un silbato de árbitro: anuncian su jugada por cualquier rendija, aunque el carril no exista.
Lo curioso es que nadie parece esperar resultado. Se toca por reflejo, por costumbre, por desahogo... o por no quedarse fuera del coro.
Más que una reacción aislada, se trata de una costumbre arraigada en la cultura del ruido. Una forma de desahogo colectivo ante el estrés del tránsito, que al final solo lo multiplica.
En medio de esta cultura del bocinazo constante, surge también la discusión sobre la necesidad de regular su uso. En países cercanos en referencia para los dominicanos, como España, el uso de la bocina está estrictamente limitado por el artículo 110 del Reglamento General de Circulación, que establece que solo debe emplearse en situaciones de riesgo o emergencia. Su utilización indebida conlleva sanciones económicas que parten de los 80 euros, una medida que no solo busca ordenar el tránsito, sino también reducir la contaminación acústica.
