Vergüenza debería darnos a todos
La urgencia de educación y sanción efectiva
Esas imágenes de cursos de agua invadidos de desechos sólidos deberían avergonzarnos. No necesitan explicación, sino vergüenza. El cauce convertido en vertedero, el agua atrapada bajo una costra de botellas, fundas y residuos, es una postal de descuido y un retrato moral. Fluye no ya el Yaque del Norte, sino la evidencia de una relación rota entre el ciudadano y su entorno.
Se ha dicho que la tragedia ambiental del siglo XXI lleva la forma del plástico. Resistente, útil, barato... y prácticamente eterno. Pero el problema real es la conducta. El plástico no llega solo a los ríos; alguien lo arroja, lo permite y mira hacia otro lado. En esa cadena de irresponsabilidades se sedimenta la crisis.
Cuando las lluvias arrastran estos desechos hacia los sistemas de riego, se contamina el paisaje y la producción agrícola; se obstruyen infraestructuras y se amplifica un daño que luego todos pagamos. La naturaleza pasa factura, aunque lo haga en silencio.
Volvemos siempre al mismo punto: el ser humano como agresor de su propio hábitat. Sin educación ambiental, sin sanción efectiva y sin conciencia colectiva, cualquier esfuerzo institucional será insuficiente.
No se trata solo de limpiar ríos, sino de corregir hábitos. El problema no está en el agua que corre, sino en la mano que ensucia.
