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Los colores de mayo en Santo Domingo

La ciudad transformada en jardín luminoso

Mayo tiene en Santo Domingo un instante secreto en que la ciudad deja de parecer ciudad y se convierte en jardín. Basta mirar hacia arriba. De pronto, el gris del concreto cede ante la explosión luminosa del roble amarillo, que vuelve a cubrir calles y avenidas con una lluvia dorada que parece recién salida de un cuadro impresionista. 

Hay algo profundamente alegre en esa aparición anual. Los árboles florecen calladamente sin discursos, sin permisos burocráticos. Simplemente, sucede el milagro. Una mañana cualquiera el viento despierta cubierto de pétalos y las aceras amanecen como alfombras de oro humilde. Entonces la ciudad, tan dada al ruido y a la prisa, recuerda por unos días que también puede ser bella.

El roble amarillo tiene además una virtud democrática: no distingue barrios ni apellidos. Engalana avenidas principales, parques, patios y esquinas anónimas. Regala sombra, color y asombro con una generosidad silenciosa que rara vez igualan las obras humanas.

Quizá por eso entusiasma tanto. Porque en medio de las tensiones cotidianas, la naturaleza insiste en ofrecernos una lección elemental: la belleza todavía es posible. Y llega cada año, puntual, luminosa y desinteresada, recordándonos que las ciudades también florecen cuando aprenden a convivir con sus árboles.

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