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Tiempo de mangos en Santo Domingo

La generosidad dorada que adorna la ciudad

Llega el mango como las cosas verdaderas: sin anunciarse, con la puntualidad silenciosa de lo que no necesita convencer a nadie. De pronto están ahí, pesando sobre las ramas con esa generosidad torpe y magnífica que tienen los árboles cuando se entregan del todo, doblándose bajo el peso de su propia abundancia, en reverencia al suelo que lo sostiene.

Es fruta de ciudad, sí, pero también de tiempo. No del tiempo que se mide, sino del que se siente: ese intervalo breve y dorado entre el verde cerrado de la espera y el amarillo blando de la entrega. Quien no esté atento, lo pierde. Y ahí reside su enseñanza más honda: la naturaleza no repite la lección, solo la ofrece una vez por año, con la misma paciencia y la misma indiferencia ante quien la aprovecha o no.

El paisaje capitaleño los ha adoptado sin pedirlos, y ellos han respondido llenando de color y de aroma los mismos rincones donde el concreto intenta convencernos de que vivimos lejos de la tierra. Los mangos recuerdan que el trópico no se rinde y se cuelan en patios y jardines; y terminan, siempre, colgando su fruto luminoso sobre nuestras cabezas como una pregunta que solo hay que alzar la mano para responder.

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