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De los libros a los ataúdes

Las bibliotecas desaparecen sin provocar sobresaltos

En República Dominicana estamos llegando al extremo de querer enterrar la cultura, literalmente.

Desde 2009 han cerrado unas 60 bibliotecas públicas y, como si semejante abandono fuera insuficiente, algunas alcaldías han intentado convertir estos espacios en funerarias. ¡Vaya manera de entender el desarrollo municipal!

En Azua, los jóvenes tuvieron que defender una biblioteca que pretendían transformar en lugar para velar difuntos. Una paradoja: mientras unos luchan por mantener vivos los libros, otros parecen empeñados en darles cristiana sepultura.

Nadie discute que las comunidades necesitan funerarias dignas. Pero también necesitan espacios donde los niños descubran mundos, los estudiantes investiguen y los ciudadanos amplíen sus conocimientos.

Lo preocupante es que las bibliotecas desaparecen sin provocar sobresaltos. No hay protestas multitudinarias ni urgencias presupuestarias. El silencio termina siendo cómplice del abandono.

La Ley 502-08 establece responsabilidades que los ayuntamientos no deberían ignorar.

Una biblioteca cerrada representa más que un edificio vacío: es una puerta clausurada al conocimiento.

Y cuando una sociedad prefiere preparar espacios para despedir a sus muertos antes que formar a sus vivos, algo anda mal.


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