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De la embajada al puente Duarte

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De la embajada al puente Duarte

Mañana, 24 de abril, se conmemoran cincuenta años del inicio de lo que se denominó la Revolución de Abril, ese gran acontecimiento de la historia dominicana desencadenado por un movimiento cívico-militar que tuvo como objetivo deponer a un gobierno de facto, restaurar la constitucionalidad perdida y reinstaurar en el poder al presidente Juan Bosch, quien había sido depuesto mediante un golpe de Estado justo dos años atrás. Ese día de aquel año 1965 cayó sábado, siendo el mediodía cuando, con el apresamiento del Jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional, Marcos Rivera Cuesta, llevado a cabo por el capitán Mario Peña Taveras, se dio inicio a una sucesión de intensos y dramáticos eventos políticos y militares que desembocaron, apenas cuatro días después, en la segunda intervención militar de Estados Unidos en nuestro país.

En su fascinante libro The Dominican Intervención, Abraham F. Lowenthal muestra que ese fin de semana los principales miembros de la representación diplomática estadounidense en nuestro país –el embajador William Tapley Bennett, el jefe de misión adjunto, William B. Connett, el director de la misión del USAID, Carter Ide, el agregado naval teniente coronel Ralph Heywood, once de los trece miembros del Grupo Asesor de la Asistencia Militar (MAAG) y varios miembros claves de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)- se encontraban fuera de Santo Domingo, casi todos en viaje de placer, por lo que la embajada no esperaba nada extraordinario esa última semana del mes de abril. Lo que vino a ocurrir probó cuán despistados estaban y cuán incapaces resultaron para entender los acontecimientos que se fueron produciendo a partir de aquella tarde de primavera.

El plano más aparente de esos acontecimientos fue la lucha entre diferentes facciones de las Fuerzas Armadas –los pro-Bosch, quienes más tarde se denominaron los militares constitucionalistas; los pro-Balaguer, posicionados especialmente en San Cristóbal; y los pro-gobierno de facto (Triunvirato), situados principalmente en la base militar de San Isidro- por tomar control de puestos claves de la estructura político-militar del país. Los constitucionalistas tomaron el Palacio Nacional, depusieron al presidente ilegítimo Donald Reid Cabral y reconocieron como presidente interino hasta el retorno del profesor Bosch al presidente de la Cámara de Diputados, Rafael Molina Ureña. El coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó era uno de los militares pro-Bosch que tomaron el Palacio Nacional, si bien él todavía no había emergido como líder del movimiento, lo que vino a ocurrir dos o tres días después.

El otro plano de estos acontecimientos históricos, el que vendría a redefinir radicalmente los términos de la lucha político-militar, fue la presencia cada vez más masiva de gente del pueblo, tanto en los alrededores del Palacio Nacional, en apoyo al retorno de Bosch, como en la cabeza oeste del puente Duarte para resistir el paso de los tanques y las tropas de San Isidro, encabezadas por el general Elías Wessin y Wessin. La emergencia del pueblo como actor político-militar, al menos en ese ámbito urbano de la ciudad de Santo Domingo, cambió la dinámica de lo que podía quedarse siendo una mera lucha entre facciones militares. Importante es notar que uno de los elementos más sobresalientes de los militares constitucionalistas es que en ningún momento se plantearon, como suele ocurrir en situaciones de este tipo, quedarse con el poder a través de una Junta Militar, sino que en todo momento plantearon como objetivo el retorno de Bosch a la presidencia de la República.

Ese era el cuadro cuando el martes 27 de abril las fuerzas militares pro-estatus quo parecían tomar el control de la situación a través de ataques aéreos feroces a los puntos donde se encontraban los militares constitucionalistas y avances por tierra por la ruta del puente Duarte. En la tarde de ese día, con el embajador Bennett ya en su puesto tras haber regresado a media mañana de Estados Unidos, un grupo de militares y civiles pro-Bosch que se encontraba en el Palacio Nacional bajó a la embajada de Estados Unidos a pedir la mediación del embajador americano, con representantes de la Iglesia católica y del cuerpo diplomático, para que cesara el fuego y se diera un diálogo entre los sectores enfrentados. Según su propia narración en un cable al Departamento de Estado, el embajador Bennett se negó a complacer esta solicitud, seguro convencido de que la revuelta ya estaba llegando a su fin y prácticamente devolvió a los constitucionalistas a lo que él llamó “las crueles calles” de Santo Domingo.

Ese fue un momento definitorio. Muchos perdieron la fe y lo dieron todo por perdido, por lo que optaron por asilarse en varias embajadas o esconderse en algún lugar. Caamaño, en cambio, toma la ruta hacia el puente Duarte, donde se encuentra con una gran masa popular armada haciendo resistencia a la entrada de los tanques de San Isidro. Y en una de las batallas más feroces en la historia dominicana, las fuerzas constitucionalistas civiles y militares lograron detener el avance de las tropas de San Isidro y cambiar dramáticamente el curso de los acontecimientos. Lo que al comienzo de ese día martes 27 parecía un triunfo seguro de las fuerzas militares pro-estatus quo, al llegar la noche la suerte había cambiado como resultado de la inserción del pueblo como actor político y militar en la causa por el retorno a la constitucionalidad de 1963.

El día siguiente, 28 de abril, comienzan a llegar las primeras tropas norteamericanas a “pedido” de las fuerzas militares de San Isidro, hecho que, obviamente, le dio un giro inesperado a los acontecimientos político-militares que estaban teniendo lugar en el país. Bajo la política de prevenir una “segunda Cuba” en el Caribe, el gobierno de Estados Unidos decidió intervenir militarmente el país, abortar el incipiente triunfo de las fuerzas constitucionalistas e imponer un esquema de solución a la crisis que desembocó en el ascenso de Joaquín Balaguer al poder en 1966. Pero esa es otra historia…