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De la mesura

Hemos de tener por cosa averiguada que entre los habitantes de la Antigua Hélade dejarse subyugar por la hybris era, en términos de conducta, la más condenable infracción que podía la incorregible criatura humana cometer. La hybris o, acudiendo a los familiares vocablos de nuestro paladino romance castellano, el comportamiento descomedido e intemperante, era reputado entre aquella sabia gente por imperdonable descarrío, ya que implicaba un atentado al orden cósmico, una demente y altanera rebelión contra la condición de simple mortal, un desafiante rechazo del lugar natural donde en el universo eterno y divino le había tocado en suerte a la progenie de Pandora residir. Pecar contra el orden cósmico, es decir, contra el principio sustentador del mundo, de todo lo existente y de la vida misma, no era desvarío que los dioses estuvieran dispuestos a tolerar; de ahí que hallemos en los relatos mitológicos de la Grecia clásica, fuente en la que bebieron luego los romanos, copia de leyendas en las que el riguroso Zeus con mano implacable castiga al temerario varón o a la fémina irreflexiva y vanidosa que diera en incurrir en delito de tan execrable índole.

Ahora bien, me avengo a considerar que amén del colorido caudal de anécdotas fruto de la desbordante imaginación del pueblo heleno, atesora su portentoso corpus mitológico del que somos afortunados herederos una sabiduría inherente a la concepción del mundo que dichos mitos con vigorosa plasticidad manifiestan, la cual se asienta en la creencia de que para los mortales la vida buena no es la que las tres religiones de los libros nos prometen, esto es, el paraíso después de nuestro fallecimiento y la vida eterna en las plácidas comarcas celestiales, sino que haciendo acopio de realista sensatez -acaso amarga- que nutrirá centurias más tarde la filosofía de sus grandes pensadores, la mencionada vida buena sólo consiste y no podía consistir en otra cosa que en aceptar de buen talante el puesto que el azar -nombre con el que el destino o la necesidad suelen irrumpir- asignara a la humana descendencia, cosa de que hombres y mujeres vivan en armonía con el orden cósmico. Porque el objeto de la mitología, lo que le granjea validez perenne y sostenida actualidad no guarda relación alguna con el proyecto de explicar la realidad al modo como los científicos lo entienden cuando se imponen la tarea de llevar a cabo una investigación de naturaleza objetiva, sino que lo que se propone el planteamiento mitológico es brindar los medios de infundir sentido y plenitud a la existencia. Para la mitología el universo, antes que objeto que reclama ser intelectualmente escudriñado, es lo que hay y siempre ha sido, aquello con lo que debemos empaparnos vivencialmente. En resolución, de lo que se trata y hacia lo que apunta el discurso de los mitos es a conseguir por vía simbólica y sofisticadamente sugestiva que la existencia humana y el orbe todo se colmen de significado y de razón.

Empero, no hay armonía ni equilibrio ni orden que no se hallen amenazados de continuo por las fuerzas ominosas del caos. Son las pulsiones caliginosas de éste las que contra toda cordura inducen a la efímera casta de los hombres a consumar la funesta hybris perpetrando así irreparable transgresión contra el mundo que le rodea como, otrosí, contra su propia precaria condición existencial. No cabe perturbar impunemente y sin que acarree secuelas espantosas la paz, la jerarquía universal que fuese instaurada por voluntad divina en enconada batalla contra las poderosas instancias de la disgregación y la entropía. Y diké, la justicia, está siempre ahí atenta, vigilante, dispuesta a restaurar la disciplina y a infligir escarmiento horripilante (basta traer a colación el ejemplo de Sísifo y de Tántalo) a los autores de atentado de semejante monta y gravedad.

La población de la Antigua Grecia se mostraba tan inclinada a abandonarse a toda suerte de excesos y abusos como la que al día de hoy, sobre la entera faz del planeta, de puro milagro ha logrado, contra las menos optimistas previsiones, prosperar. Mas no embargante la referida tendencia al desarreglo que caracterizaba a los discutidores y pendencieros dánaos, la conciencia de parejo defecto, acusada en medida no menor que el defecto mismo, fue, si no me pago de apariencias, la que los impulsó a colocar sobre el frontispicio del templo de Apolo en Delfos aquel lema famoso de la cultura griega: "conócete a ti mismo"… frase de advertencia que antes de constituir exhortación banal a la introspección, debe ser interpretado como una cordial aunque firme invitación a conocer los límites a los que cada criatura humana está sujeta; lo cual, dicho en otras palabras, importa la idea de que es imperativo, urgente, indispensable, darnos por enterados de nuestra ubicación natural dentro del todo misterioso y eterno. "Conócete a ti mismo" es la propuesta esencial que, cabe la otra que también exhibía el mencionado templo (la que rezaba: "Nada en exceso"), nos llama la atención sobre el hecho de que es preciso a toda costa evitar el pecado de hybris, de que nada podría hacernos desplomar en la garganta insaciable del abismo con más irremediables consecuencias que el descomedimiento, la desmesura y la jactancia.

Empero, en la época actual, calificada de posmoderna, no veo que hombres y mujeres, cualesquiera que sean su edad, ideología, credo, nacionalidad o raza, hagan el menor caso de las juiciosas sentencias que milenios atrás el genio de la arcaica civilización helénica estampara sobre las sólidas paredes del santuario de Apolo en Delfos. Dispongo, en efecto, de toda clase de razones para asegurar que entre mis modernos congéneres, como ocurre con los niños, el sentido de la mesura si alguna vez pareció atractivo -cosa harto improbable- ha perdido por completo en los días que corren su poder de seducción. La gente hoy, con excepción de breve minoría, es afecta a todas las hipertrofias y desenfrenos. Como afirmaba cierto filósofo cuyo nombre se niega tenazmente a aflorar a mi recuerdo, "La desmesura aboca a los seres humanos a la desdicha, a la insatisfacción, a la angustia y a la violencia, siempre quieren más: ¿cómo podrían tener nunca suficiente? Lo quieren todo: ¿cómo podrían compartir o contentarse con lo que son?"… Y es que la desmesura arrebata, embelesa, subyuga; en tanto que la mesura, esa moderación del alma frente a cuanto nos rodea y frente a nuestros pensamientos y deseos, luce aburrida, ejercicio de contables y burócratas del espíritu. ¡Grave desatino! Sin mesura no hay perfección, pues toda perfección reclama proporción, equilibrio, armonía; de lo que se trata es de contraernos en todas las facetas de nuestra existencia al justo medio, a la medida justa, a lo que en palabras de Aristóteles no es "ni demasiado ni demasiado poco". Programa este último que la modernidad ha echado sin inmutarse al cesto de los desperdicios, y las secuelas de tan atolondrado proceder a donde quiera volteemos la mirada toparemos con ellas: en arte y literatura la estupidez y la fealdad que las vanguardias del siglo XX propiciaran; en moral la notoria y persistente infecundidad del nihilismo; en política todas las descompuestas expresiones del fanatismo y la intolerancia que conducen con lógica fatídica a las manifestaciones terrorista y a los regímenes totalitarios. De ahí que -poniendo punto final a estas reflexiones ociosas- haga mías las ideas de Albert Camus cuando dijo haciendo alarde de casi insoportable lucidez que: "Cualquier cosa que hagamos, la desmesura conservará siempre su lugar en el corazón del hombre, frente a la sociedad. Llevamos todos en nosotros nuestros presidios, nuestros crímenes y nuestras devastaciones. Pero nuestra tarea no consiste en desencadenarlos por el mundo, sino en combatirlos en nosotros mismo y en los otros." Secundar pareja exhortación es, a mi modo de ver, la única posibilidad de conjurar la barbarie.

dmaybar@yahoo.com