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Del asombro como origen de la filosofía

Más de dos milenios de meditación filosófica tienden a confirmar con elocuente verosimilitud la eventualidad de que tan inusitada aventura racional sea hija del asombro. La filosofía, en efecto, se me aparece, en medida nada insignificante, como fragoso ejercicio de desentumecimiento intelectual. Para quienes no acostumbran reflexionar al modo en que lo hacen los filósofos -harto me temo es el caso de las populosas mayorías- , filosofar es extravagancia en la que, afortunadamente, muy contados individuos incurren, acaso porque habiendo solventado sus necesidades básicas, no aperciben asuntos de mayor tonelaje que llamen su atención o, tal vez, porque adolecen de un temperamento refractario al sentido común que les induce a ocuparse de intrincadas nimiedades ajenas por completo al día a día de la existencia ordinaria y, en razón de ello, -no podía ser de otro modo- desesperantemente ayunas de utilidad. Para quienes por modo semejante opinan, entre filosofar y despilfarrar infecundamente el tiempo no hay diferencia alguna.

He aquí, sin embargo, que si bien es cierto desde la perspectiva a que vengo de referirme (a la que, ni corta ni perezosa, se encomienda la gente del común), la filosofía se revela, concedámoslo, ineficaz, improductiva por lo que toca a resolver satisfactoriamente los copiosos problemas prácticos que toda criatura humana de continuo arrostra en el transcurso de una vida siempre abocada a lo contingente y aleatorio, si parejo dictamen al que con fervor adhiere el vulgo no luce -convengamos en ello- controvertible, también es verdad, y no de menor calibre, que la mera constatación de que durante alongado período de dos milenios y medio el cavilar que hemos denominado filosófico no ha dejado de hacerse sentir entre nosotros, ejerciendo, por lo demás, decisiva influencia en la manera como concebimos el mundo e interpretamos la realidad, esto es, insisto, la simple y llana comprobación de tan tozuda persistencia debería hacernos sospechar que el juicio peyorativo de cuantos descalifican por ocioso y prescindible el mencionado género de cogitación, obedece antes que a argumentos atendibles, a prejuicios muy arraigados, en extremo contumaces, que derivan, si no me pago de apariencias, del sentimiento de incomodidad frente a lo desusado, frente a aquella modalidad insólita de conceptuar las cosas propia de la especulación metafísica, la cual, como quedara señalado líneas atrás, se desvía porfiadamente de las certezas que hasta ese momento se tenían por inconmovibles e irrecusables.

Empero, las ideas que acaba mi pluma de acuñar haciendo gala de lenguaje asaz grave y ceremonioso, nos devuelven, si bien se mira, a lo que al inicio de estas lucubraciones señalaba acerca de que la filosofía surgía del asombro…, convicción esta última a la que tanto ayer como hoy las mentes más aventajadas han dado su conformidad, y que -no faltaba más- el autor de este somero escolio endosa sin titubear. Así, por vía de ejemplo, Descartes aseveraba que: "La admiración es una súbita sorpresa del alma, que hace que ésta considere con atención los objetos que le parecen raros y extraordinarios."; en tanto que Montaigne, sentencioso, decía: "la admiración es el fundamento de toda filosofía." Y viene a punto precisar que en el idioma francés de la época en que escribieron esos dos conspicuos pensadores, el vocablo "admiración" significaba asombro; el mismísimo asombro del que el inmortal Estagirita hacía nacer la filosofía, pues -tales son sus palabras- : "Lo que empujó a los primeros pensadores, al igual que hoy, a las especulaciones filosóficas, es el asombro", asombro que a menudo transforma la perplejidad en paroxístico estupor, de tenor muy similar al que se desprende de las frases de Pascal que a continuación no puedo resistirme a transcribir: "cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y la sigue, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto de verme aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo me han sido destinados?"

Como es de ver, del emblemático párrafo reproducido ut supra cabe colegir que el asombro de cariz filosófico a que nos estamos refiriendo no guarda sino superficial relación con la experiencia a la que solemos conferir ese nombre. Pues si al cabo estoy de lo que pasa, el sentimiento de estupor que se impone a guisa de fuente de la que deriva la exigencia y legitimidad del cuestionar filosófico -que halla contundente testimonio en los conceptos vertidos en el fragmento de Pascal antes citado-, no es de la misma especie al que nos encara, cual sucede en nuestro cotidiano trajinar, con la sorpresiva irrupción de hechos nuevos e inesperados, sino que, en expresivo contraste, parejo aturdimiento es resultado de la rebelión del espíritu frente a lo evidente y familiar. No aflora el asombro del filósofo a consecuencia de tropezar de manera repentina con eventos inauditos, sino que de lo que se asombra es de aquello que paradójicamente exhibe un patente carácter de obviedad y que, por ese motivo, no ha asombrado hasta ahora ni asombrará nunca a las caudalosas muchedumbres. Para éstas la existencia no importa problema ontológico alguno, sino solo dificultades a las que es menester dar respuesta en el orden en que en cada concreta situación vayan asomando. El común de la gente se muestra reacia a la especulación de índole filosófica por la sencilla razón de que no siente inclinada a emplazarse en un escenario de extrañamiento frente a lo que la rodea, frente a lo que ocurre y sin pausa se desovilla ante la mirada, frente a lo que está habituada a suponer claro, notorio y manifiesto. Entonces no parece errado sostener que la auténtica filosofía se revela antes en cuanto forma sintomática, sui géneris de interrogar que como ejercicio de búsqueda de certidumbres cuya validez parezca incuestionable. La filosofía no se confunde con el saber científico, porque, entre otras cosas, lo que ella se propone es el desacomodamiento radical de todo lo que hay. El pensamiento de naturaleza filosófica lo que en el fondo persigue es contribuir a que zozobre el plácido navío de presupuestos estables en el que, en pos de la supervivencia, nos hemos embarcado, cosa de poner de relieve, en primer lugar, que cabe considerar la posibilidad de que existan infinitas perspectivas en torno a ese misterioso acontecer del que formamos parte y al que, con el objetivo ciertamente comprensible de escapar al vértigo de lo abismático y en postrera instancia inaccesible, hemos colocado el familiar y nada alarmante rótulo de "realidad"; y en segundo lugar, el planteo filosófico a lo que apunta es, transgrediendo con asiduidad las apariencias, a adentrarse en la región recóndita y elusiva del Ser… ¿Qué hace que una cosa sea? ¿Por qué el ser y no más bien la nada?

Extrañeza, embarazo, desconcierto… La filosofía es flor de asombro. Sólo cuando todo deja de ser obvio consigue prosperar y, ¿por qué no?, acaso en virtud de esa escandalosa y turbadora fascinación y desarraigo que provoca, consiga también de carambola hacernos más humanos. dmaybar@yahoo.com