Del colmado al delivery… La despensa motorizada del dominicano

Inicio unas cuantas líneas en relación al tema del delivery, intentando desahogarme frente a esa "promesa de entrega inmediata", servida bajo la más absoluta irresponsabilidad operativa. No haremos referencia aquí a las entregas que envían los restaurantes, aunque las mismas no escapan al peligroso inmediatismo de ese modelo de servicio que nuestro popular colmado emplea.
La preocupación por esta invasiva y masiva modalidad de distribución de mercancías que empeora el tránsito urbano, fue el motivo original para estas líneas. Sin embargo, al analizar cuidadosamente este fenómeno, tropezamos con que sus raíces se encuentran en los cambios ocurridos en los modelos de consumo de nuestros sectores populares y de mediano ingreso.
El colmado o la pulpería han sido las microempresas básicas de la economía cotidiana de los dominicanos. En ellos se conjuga el equilibrio diario que se hace entre el manejo microeconómico de un hogar y las presiones de una macro-dinámica social. Allí, bajo la sombra de esa relación de sobrevivencia creativa entre el pulpero y el (o la) cliente, se efectúa el milagroso desenvolvimiento del dominicano frente a la canasta básica.
El colmado siempre ha sido visto por los hogares como la posesión de una despensa extra, esto es, un lugar para conseguir rápidamente los productos básicos y al detalle. Su exitosa modalidad de crédito ha sido supeditada a la "garantía" de que el cliente pertenece al vecindario donde se encuentra el negocio. Su facilidad de operación solo requiere una proyección o inventario del consumo diario que se va a demandar. Por estas razones, el colmado es un laboratorio para creativos y publicistas que lo emplean en sus estrategias de mercado.
En los últimos años, la sociedad del vecindario barrial vio cómo se han atomizado sus espacios, se ha densificado al extremo, ha dado paso a vecinos desconocidos, a la ausencia de puntos referenciales y a la desaparición de lugares tradicionales para el encuentro. Esta situación, como todos los procesos sociales, ha obligado a la red de colmados y pulperías a asumir la velocidad de los tiempos en que ellos ahora operan. Por otro lado, el tipo de industria alimenticia que suple a los colmados ha tenido que innovar estrategias de ofertas al detalle, para así abordar más efectivamente el mayúsculo mercado de la demanda de minoristas que se centra alrededor de los colmados.
La presentación de los productos viene ahora con nuevas envolturas y pesos prefijados. De esta forma, por inventiva del mercado y la industria, el pulpero o colmadero quedó despojado de su desprestigiada balanza o peso, así como de tener que envolver las mercancías. Pero esta pérdida de responsabilidad y de reducción de actividades dentro del colmado, ha venido a compensarse con nuevas oportunidades y funciones que han provocado el cambio de la pulpería o colmado al colmadón o minimarket, dependiendo de su ubicación.
De repente, el otrora colmado de la esquina, presenta ahora su inventario a disposición del teléfono, mientras que el mostrador ha dejado de ser tocado por codos de doñas o las pimentosas chicas del servicio. Esa media barra, cómoda al apoyo, testigo de planificación calculada de la mesa del día, y su pórtico que podía ser abordado estratégicamente por dos calles, no es ya el punto de encuentro para socializar la cotidianidad de lo que era aquel pequeño mundo, con indefinidos límites en el vecindario tradicional.
La misma disposición de sus estanterías dista mucha de lo conocido antaño. Ahora responde a la rapidez del pulpero para la entrega de productos, más que a la bella composición de sus mercancías para encantar al público. Lo propio sucede al interior de los hogares. Allí se hace innecesario llenar la totalidad de la despensa, pues lo necesario hoy está a tiro de una llamada telefónica y cuatro minutos de espera.
En su práctica, el colmado ofrece bajos márgenes de beneficio ya que este tipo de negocio con servicio de "entrega rápida" trae como resultado un entorno de bajos niveles de responsabilidad y calidad. Y es ahí que hace su aparición nuestro protagonista de hoy: el delivery. La entrega rápida es la nueva función que los colmados han tenido que asumir convirtiéndose en la más temeraria de todas ya que ha puesto en escena no solo al cómplice imprescindible del pulpero o colmadero, sino a su medio de transporte motorizado que desenfrenadamente transita por todas las vías de las barriadas.
Fuera quedó la ñapa de los días sábados, cuando llegaban operarios a honrar el pago con su jornal semanal. Se fue también el manoseo cariñoso a la graciosa joven del servicio, la libreta del crédito y el apúntame eso ahí. O la advertencia de la doña: "Lorenzo, si me sale dura la yuca te la traigo", a lo que él contestaba: "Pero póngamela con bacalao"...
Es cierto que hay que aceptar y asumir los cambios cuando estos significan comodidad y conveniencias, pero no deja de ser penoso que ese elemento ya integrado en nuestra sociedad denominado "el delivery", haya engendrado sin quererlo la desaparición de una dinámica social propia de la cotidianidad doméstica. Más aún, la forma de operacionalizar el delivery, ha conllevado la proliferación de una peligrosa carga de velocidad, ruido, descuido y descontrol desenfrenado, en una sociedad donde el alboroto y la impersonalidad forman parte del intercambio social.
A pesar de estos efectos colaterales no-deseados, el delivery está cumpliendo con una función que ha asegurado la permanencia de los colmados barriales. Ojalá que no tengamos que caer en otros modelos, que ya proliferan en Latinoamérica, más enfocados a la extracción económica de los entornos populares, que a su servicio.
Diario Libre
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