Lo más santo de la semana
La paradoja de una tradición que se vive en el exceso
Comienza el largo feriado de la Semana Santa, y con él se abre, casi como un ritual repetido, el desfile de tentaciones que cada año pone a prueba nuestra noción de libertad. No es solo el llamado del descanso o la playa, sino también la invitación, más silenciosa, pero insistente, al exceso. Beber sin medida, conducir sin prudencia, olvidar que el otro existe.
Hay en estos días una paradoja que conviene recordar. Celebramos una tradición que, en su raíz, habla de recogimiento, de reflexión, incluso de sacrificio, mientras nos precipitamos, con frecuencia, hacia conductas que rozan la imprudencia o la irresponsabilidad. Como si la libertad, mal entendida, fuera sinónimo de desbordamiento.
Pero la verdadera libertad, la que sostiene a una sociedad, no se ejerce en el vacío. Tiene límites, y esos límites no son cadenas, sino garantías de vida, de convivencia, de respeto mutuo. Pensar como ciudadanos implica reconocer que cada decisión personal tiene consecuencias colectivas.
Quizás, en medio del bullicio, lo más radical sea detenerse. Elegir la moderación cuando todo empuja al exceso. Recordar que el prójimo no es un obstáculo, sino una responsabilidad compartida.
Tal vez ahí, en ese gesto sencillo y consciente, resida lo más auténticamente santo de este largo fin de semana.
