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Sic transit gloria mundi

Raúl Castro y el símbolo de una revolución atrapada en sus propias ruinas

La eventual acusación criminal en Estados Unidos contra Raúl Castro tiene algo de ajuste histórico y mucho de símbolo terminal. No se trata únicamente de un expediente judicial contra un anciano de 94 años, sino del lento derrumbe moral y político de una revolución que prometió redención y acabó administrando ruinas.

Durante décadas, la revolución cubana sobrevivió sostenida por una narrativa cuidadosamente cultivada: soberanía, dignidad latinoamericana y resistencia al imperialismo. Muchos en el continente prefirieron mirar sus cárceles con indulgencia ideológica y sus fracasos económicos como sacrificios inevitables de una causa superior. Pero el tiempo es implacable con los mitos cuando la realidad insiste en desmentirlos. Los errores no se borran con mentiras.

Hoy Cuba es una nación exhausta, expulsora de ciudadanos, sin horizonte económico ni relato movilizador. La generación histórica envejeció aferrada al poder mientras el país se vaciaba de futuro. Y ahora, paradójicamente, el último capítulo parece escribirse en tribunales estadounidenses.

¿Es este el final? Quizá no del régimen, que todavía conserva instrumentos de control, pero sí de la ficción romántica que durante medio siglo envolvió a la revolución cubana. Porque ya no se discute un modelo alternativo de sociedad, sino la responsabilidad de sus dirigentes ante la historia.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de qué revolución hablamos ya?

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