JCE: el Gran Hermano
La libertad de elegir comienza por la libertad de saber
La justificación más repetida para limitar la publicación de encuestas es evitar que estas manipulen la voluntad de los ciudadanos. El problema es que parte de una idea profundamente equivocada: que el votante es una persona fácilmente influenciable, incapaz de procesar información y necesitada de una autoridad superior que decida qué puede conocer y qué no.
Es una visión paternalista de la democracia. Un ciudadano al que se le reconoce el derecho de elegir presidente, congresistas, alcaldes y regidores no puede ser tratado al mismo tiempo como alguien incapaz de interpretar una encuesta. Si puede decidir el rumbo de un país, también puede valorar la calidad de un estudio de opinión, contrastarlo con otras fuentes y llegar a sus propias conclusiones.
La democracia descansa precisamente sobre esa confianza en el criterio individual. Cuando el Estado o los organismos electorales pretenden proteger al ciudadano de la información, terminan sustituyendo la libertad por la tutela. El argumento recuerda demasiado a la figura del Gran Hermano: una autoridad que vigila, filtra y decide qué conviene conocer para evitar errores.
Las encuestas pueden equivocarse, ser interesadas, deficientes o sesgadas. Pero la respuesta no es la censura, sino más información, más transparencia y más debate público.
La libertad de elegir comienza por la libertad de saber.
