Camilo, el obispo del pueblo
Evangelio vivido en montañas y barrios
Una figura de la Iglesia dominicana logró encarnar con gran naturalidad el Evangelio en su vida cotidiana: monseñor Antonio Camilo González. Su ministerio nunca se limitó al altar. Entendió que la fe debía caminar de la mano con la dignidad humana, la educación y el desarrollo de las comunidades más olvidadas.
Recorrió a pie montañas, levantó iglesias donde también nacían escuelas, organizó comunidades devastadas por huracanes, abrió caminos y movilizó voluntades. En los barrios más pobres de la capital impulsó bibliotecas, canchas, talleres y jornadas de limpieza, convencido de que la pobreza no podía convertirse en resignación. Su frase permanece vigente: "No tenemos la culpa de ser pobres, pero sí de ser sucios."
Su cercanía era auténtica. Compartió con soldados como capellán, arriesgó incluso la vida al lanzarse en paracaídas y jamás rehuyó las dificultades. Formó generaciones de jóvenes, que, gracias a su ejemplo, encontraron un rumbo de servicio y superación.
Como obispo de La Vega alentó vocaciones sacerdotales, recorrió incansablemente su diócesis y dejó una huella imborrable en la historia de la Iglesia dominicana.
La vida de monseñor Camilo recuerda que la verdadera autoridad no se impone desde el poder, sino que se conquista caminando junto a la gente. Ese fue su legado y esa será siempre su mejor homilía.
