La democracia no se decreta
La ilusión electoral no resolverá la crisis institucional en Haití
Haití ha vuelto a mover la fecha de unas elecciones que, sobre el papel, deberían abrir el camino hacia la recuperación institucional. En la práctica, el nuevo calendario corre el riesgo de convertirse en otro ejercicio fútil. Ningún cronograma puede sustituir la ausencia de autoridad del Estado.
La prioridad no es fijar una fecha, sino recuperar el control del territorio. Mientras las bandas armadas sigan imponiendo la ley de la selva, desplazando comunidades, cerrando carreteras y decidiendo quién entra o sale de barrios enteros, las urnas serán poco más que un símbolo vacío.
Quizá el primer paso deba ser mucho más modesto, pero también más realista: celebrar elecciones locales allí donde existan condiciones mínimas de seguridad y donde la voluntad popular pueda expresarse sin la intimidación de las armas. Consolidar espacios de legalidad es preferible a organizar una consulta nacional cuya legitimidad nazca cuestionada.
La comunidad internacional tampoco debería conformarse con financiar procesos electorales. Su verdadero desafío consiste en ayudar a crear las condiciones para que el voto tenga significado y no sea apenas una fotografía para tranquilizar conciencias diplomáticas.
Antes de elegir gobernantes, Haití necesita recuperar algo más elemental: el monopolio legítimo de la fuerza, la vigencia de la ley y la confianza de sus ciudadanos.
