Los años de Abinader
Al presidente le quedan dos años para decidir cómo quiere ser recordado
¿Qué vale más la pena: juzgar los seis años de Luis Abinader en el poder o anticipar los dos que le quedan? Ambas cosas importan, pero el futuro pesa más. Porque un gobierno no termina cuando entrega la banda presidencial. Empieza a terminar mucho antes, cuando el calendario se convierte en obsesión y la sucesión desplaza a la gestión.
Abinader entra en ese tramo peligroso en que cada decisión puede leerse en clave electoral y cada silencio como cálculo. Su mayor riesgo no está en equivocarse, sino en paralizarse por miedo a hacerlo. Gobernar pendiente del aplauso digital es una forma moderna de inmovilismo.
Las redes sirven para escuchar, no para mandar. Un presidente no puede convertir tendencias, encuestas instantáneas ni ejércitos de opinadores en brújula de Estado. El bullicio de una tarde rara vez coincide con el juicio de la historia.
A Abinader le quedan dos años para decidir cómo quiere ser recordado. Si administra con cautela extrema, probablemente termine sin grandes sobresaltos, pero también sin grandes transformaciones. Si asume riesgos, enfrenta intereses y concentra el poder presidencial en resolver problemas estructurales, puede darle sentido histórico a su despedida.
El final marca desde el comienzo. Este comienzo del final exige menos oído en las redes y más carácter, sin titubeos, en Palacio.
