Entre las lilas, la basura
La indiferencia ciudadana y estatal se acumula en las aguas del río Ozama
El río Ozama amanece cubierto de lilas. A primera vista, la alfombra verde parece un regalo de la naturaleza: un paisaje capaz de atraer miradas y fotografías. Sin embargo, basta observar con atención para descubrir, entre las plantas, botellas, fundas, envases y toda clase de desperdicios. La belleza se transforma entonces en denuncia.
La corriente mansa no consigue arrastrar con rapidez las lilas ni la basura acumulada. El puente flotante termina de detenerlas, como un semáforo rojo que expone, ante todos, las consecuencias de nuestra conducta. Allí quedan atrapadas las llantas, los plásticos y los restos de una ciudad que todavía trata sus ríos como vertederos.
No podemos atribuir este panorama únicamente a las autoridades. La falta de limpieza, vigilancia y políticas ambientales eficaces es evidente, pero también lo es la irresponsabilidad de quienes arrojan residuos en calles, cañadas y riberas. Cada objeto abandonado encuentra tarde o temprano el camino hacia el Ozama.
Recuperar el río exige jornadas permanentes de saneamiento, aplicación rigurosa de las normas, educación ambiental y sistemas eficientes de recogida y reciclaje. Sobre todo, requiere una ciudadanía dispuesta a cambiar sus hábitos. El Ozama no debería ser el retrato de nuestra desidia, sino el espejo limpio de una sociedad que aprendió a cuidar su casa común con responsabilidad, constancia y auténtico compromiso.
