Nuestro dilema

En países como el nuestro en los cuales nadie renuncia, el presidente de la República no puede decir que no aspira a postularse porque lo dejan solo, y si dice que aspira, entonces todo el mundo se rebela.

Ese es nuestro dilema.

Y es que la permanencia o no de un presidente está ligada a las expectativas económicas de importantes núcleos que se mantienen del empleo público, de los negocios con el Gobierno y de las mil oportunidades de enriquecimiento que ofrece el poder en países no institucionalizados.

La falta de institucionalización, por ejemplo, es lo que permite a un presidente aspirar a un nuevo período aunque la Constitución lo prohiba expresamente. Las constituciones son tan cambiantes como el tiempo en el Trópico, pero esa falta de firmeza en los principios, que no es patrimonio solo de los políticos, impide el desarrollo pleno del país.

Todo se complica cuando entran las vendettas personales, y la permanencia en el poder representa la impunidad para el grupo. En ese punto es cuando se cometen los errores más graves.

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