El irresistible encanto de la frivolidad

No andará descaminado quien sostenga que, con muy contadas excepciones, en la confusa era que nos ha tocado padecer están hombres y mujeres incursos en incorregible frivolidad. En efecto, me incluyo en el número de los que entienden que el rasgo más inequívocamente distintivo de esta época desconcertante, que ciertos engolados académicos han dado en llamar posmoderna, es el predominio de una visión del mundo caracterizada por el desenfadado desvío de cuanto de valioso y medular la vida entraña. Desentenderse de los fundamentos sobre los que la humana condición se asienta, dar las espaldas a lo que en verdad importa, prescindir del hontanar profundo del que manan las más fragantes y coloridas rosas del jardín de las almas es conducta que al día de hoy por toda la faz del globo cunde, arrecia y se propaga…
Empero, proceder a un examen del fenómeno de lo frívolo o, me corrijo en mor de la exactitud y del rigor, ensayar una reflexión a la que no quepa tildar de festinada acerca de los estragos que tanto para el individuo como por un parejo para la sociedad en su conjunto acarrea el insidioso azote de la frivolidad, revélasenos empresa intelectual arriesgada, que exige, antes que nada, hacer tabula rasa de obcecados prejuicios y manidos tópicos, como ese que consiste en figurarse que el generalizado proceder que hemos calificado de frívolo no pasaría de ser una moda más, necia tal vez, pero escasamente nociva, a la que las masas se apegan en tiempos como estos, donde la novedad y el empeño de singularizarse dieran la impresión de haber cobrado fuerza de ley por lo que hace a la predilección de la caudalosa muchedumbre.
Impuesto estoy de que conlleva desatino de mucho tonelaje pensar que la frivolidad consienta el parangón con una moda, cualquiera que esta sea; por lo que es poco cuanto cuidado se ponga en destacar que lo propio de las modas, la nota cardinal que las singulariza es, si no me pago de apariencias, la vertiginosa celeridad con que surgen, pasan y se suceden unas a otras; nada se agota con más elocuente rapidez que la expresión o el artefacto nuevos, pues apenas aparecen, se dan a conocer y se difunden, perime la sorpresa, pierden su inicial atractivo de primicias y echados al desván polvoriento de los trastos inservibles, con la misma impetuosidad con que fueran poco antes practicadas y consumidos, despejan la plaza que otro objeto o manera de actuar ocupa con presteza.
He aquí, no embargante, que la frivolidad en tanto que atributo el más específico y definidor de la conducta de nuestro prójimo, lejos de hallarse expuesto a la obsolescencia, se afirma, recrudece y difunde por modo irrefrenable. No es menester discurrir por despacio para caer en la cuenta de que la manera de sentir y reaccionar a la que hemos colocado el rótulo de "frívola" no muestra el menor indicio de que vaya a desaparecer. La frivolidad, en cuanto estilo de vida acogido por la población con universal beneplácito, llegó -harto me lo temo- para quedarse. Sería ingenuidad de a libra imaginar que en un futuro próximo o lejano podrían las cosas perfilarse de modo diferente. Porque si en torno al asunto que estamos debatiendo asoma una certeza que no conviene echar en saco roto es la de que la frivolidad se presenta no a guisa de manifestación aleatoria o contingente, no mostrando el aspecto de lo accidental y efímero, sino en calidad de propensión psíquica arraigada en las capas más profundas de la personalidad. En cuanto puede conjeturarse, la acusada inclinación hacia los "primores" de lo frívolo que a mi entender -acaso errado- exhibe el grueso de la gente en los días que corren, no es producto del mero capricho ni aflora, como líneas atrás expusiéramos, con viso de suceso casual, sino que responde a los reclamos menos desatendibles de una complexión anímica señalada por la carencia irredimible de espesor humano, de sustancialidad… Falta, insuficiencia, privación, he aquí los gravosos estigmas que definen a la frivolidad. No se es frívolo por posesión de algo reprobable o maligno, sino por defecto y orfandad. Y vienen a cuento en este preciso instante y lugar los conceptos que sobre el tema que nos concierne expresara el lúcido pensador francés André Comte-Sponville, conceptos que distraigo de su aleccionador e ingenioso "Diccionario filosófico"; en opinión de tan conspicua pluma -palabras a las que doy mi total conformidad- a la frivolidad sería despropósito "confundirla con la ligereza. La ligereza carece de pesadez; la frivolidad, de profundidad. Es menos un interés por las pequeñas cosas que una incapacidad para interesarse por las grandes."
Dispongo, pues, de toda clase de razones para aseverar que el individuo frívolo es aquel que aplica más celo en la persecución de metas deleznables y alicortas satisfacciones que juicio en escogerlas. Es criatura estructuralmente superficial y anodina. Sufre de lo que no sería incorrecto denominar raquitismo ontológico. El hombre y la mujer frívolos ostentan -pongamos las cosas en punto de verdad- el morbo incurable de la irreflexión, la intrascendencia y la inconstancia. Implica la frivolidad disminución, irreparable menoscabo de lo humano esencial. El sujeto aquejado de frivolidad (no importa dónde nos recluyamos, por doquiera toparemos con él) es un ser cuya naturaleza sólo a lo epitelial y baladí remite. Sin solidez axiológica, ayuno de ideales próvidos y elevados, con la sensibilidad embotada y la mirada fija sólo en lo de afuera, el individuo frívolo, incapaz por ausencia de hondura y fundamento de asumir el control de su propia existencia, flota como las hojas secas de los árboles que el viento imprevisible arranca y, con entera arbitrariedad, hacia cualquier dirección impulsa y en cualquier cuneta de la calle deposita…
Desabastecido de personal criterio, de firmes y bien meditadas convicciones, nada resulta más influenciable que la criatura frívola. Es, a buen seguro, la clase de ser humano que nuestro modus vivendi, sustentado sobre la economía del derroche consumista que la desaforada publicidad alienta, necesita desesperadamente para perpetuarse y prosperar.
dmaybar@yahoo.com
Diario Libre
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