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El mito de la educación

“El entusiasmo por la educación es perfectamente entendible. Queremos la mejor educación para nuestros hijos, porque queremos que ellos tengan un rango completo de opciones en sus vidas, para que sean capaces de apreciar sus tantas maravillas y participar en sus desafíos. Sabemos también que gente mejor educada tiende a ganar más… Pero si constituye una estrategia para el crecimiento económico es otro tema.” Ricardo Hausmann, 2015

La educación es fundamental en la creación y expansión del capital humano. Ese es un nexo que por lo obvio no necesita una explicación. Pero el vínculo entre educación y crecimiento económico parece despertar el escepticismo de algunos economistas. La hipótesis es que mayores niveles de educación se traduzcan –vía la formación de capital humano- en un factor que dinamice el crecimiento. Sin embargo, para Ricardo Hausmann -un economista de Harvard, experto en los temas del desarrollo económico- tal vinculación no existe al observar la experiencia internacional; y que podría tratarse, en consecuencia, de un mito.

De acuerdo con Hausmann, en 1960 los países que tenían un nivel de escolaridad de 8.3 años eran 5.5 veces más ricos que aquellos países con una escolaridad de 2.3 años. Cincuenta años más tarde, los países que aumentaron su escolaridad desde 2.3 a 8.3 en 2010 solo eran 167% más ricos. Otro ejemplo citado por Hausmann: la fuerza laboral de Francia en 1965 tenía una escolaridad inferior a los cinco años, mientras su ingreso per capita –medido a precios de 2005- era de USD14,000. En contraste, países con una fuerza laboral de similar nivel de escolaridad en 2010 tenían un ingreso per capita inferior a los US$1,000. Su conclusión es directa: se necesita algo diferente a la educación para generar prosperidad. No obstante, pudiéramos hacer notar que «prosperidad» es un término muy ambiguo y que se necesitaría de una definición muy precisa para poder vincularlo a la educación.

En lo que no hay ambigüedad es la comparación entre China y un grupo de países –Túnez, México, Kenia e Irán- que muestra a la economía china creciendo mucho más rápido que esos países, a pesar que se inició con menos escolaridad e hizo menos avances en la educación en los siguientes cincuenta años, a partir de 1960. Hausmann sugiere que, además de proveer educación, los países de rápido crecimiento deben estar haciendo algo distinto. En estos casos, su planteamiento luce menos concluyente, pues reconoce que la educación es parte de ese crecimiento. Nos parece que China no es un buen ejemplo, dadas las condiciones muy particulares de un país de su tamaño, con regiones tan disímiles, tanto desde el punto de vista cultural como económico, lo que hace muy difícil aislar el efecto de la educación sobre el crecimiento económico. Otros países asiáticos muestran altas tasas de crecimiento y extraordinarios avances en la educación.

Quizás, una mejor explicación de la relación entre educación y crecimiento económico pudiera encontrarse en el trabajo publicado por Land Pritchett (2001) y citado por Hausmann. Son tres las razones que pudieran explicar la desconexión entre ambas variables, plantea Pritchett. La primera, el ambiente institucional y de gobernanza pudo haber sido lo suficientemente perverso como para provocar que la acumulación de capital educativo redujera el crecimiento económico. La segunda razón podría deberse a una caída en los retornos marginales de la educación debido a un incremento de la oferta de mano de obra educada por encima de la demanda del mercado. Y la tercera razón –lamentablemente posible- pudiera ser que la calidad de la educación recibida sea tan mala que los años de escolaridad no aumentaran la disponibilidad de capital humano. Es mi opinión que estas razones, lejos de llevarnos a concluir que la educación es un mito en cuanto a su impacto en el crecimiento, más bien nos advierten de las causas que podrían explicar el por qué no hay –en las mediciones estadísticas- conexión entre crecimiento y educación, reconociendo que efectivamente ambas variables están vinculadas.

Las explicaciones de Pritchett tienen otra ramificación. Su modelo econométrico determinó que no había asociación entre el nivel de educación de la mano de obra y la tasa de crecimiento del producto per capita de los trabajadores. No solo eso. Esa relación era estadísticamente significativa y negativa. En otras palabras, a mayor educación, menor crecimiento de la productividad laboral. Como se trataba de un resultado a todas luces insostenible fue necesario argumentar los escenarios bajo los cuales tal contra intuición pudiera ocurrir. Es como si se descartara el ejercicio econométrico por no generar los resultados esperados.

Realmente, la educación no es un mito. Es la base para la genuina formación de capital humano, independientemente de que los modelos econométricos puedan reflejar o no esa realidad. Y esa formación de capital humano debe tener un impacto positivo en el desempeño de la economía. Parafraseando una conocida expresión, si la educación es un mito, traten la ignorancia.