Honesto, ladrón
La trampa moral de justificar el delito por la pobreza
Si te pregunto quién de estos tres no es un ladrón, ¿cuál escoges?:
a) Un funcionario público que desvió fondos del presupuesto para comprarse una villa.
b) Un padre de familia que se topó con un accidente en la carretera y le sustrajo los tenis al aturdido conductor.
c) Una mujer que fue a recoger arroz desparramado desde un camión de una empresa privada que se volcó en la autopista.
¿Elegiste a uno? ¿Quizás pensaste que la pregunta debía ser quién es más ladrón? ¿O terminaste justificando a alguno de los anteriores para no tipificarlo como tal? Sí, podría ser que tendamos a ponerle niveles al robo. Como la doñita que defendió a su hijo diciendo: "Él roba, pero no roba motores".
Solo se pide la cabeza del turpén que sale en la prensa con un megaexpediente mediatizado por el Ministerio Público. El castigo se lo dejamos a la justicia, que sí establece las penas según la gravedad. Pero el robo, chiquito o grande, sigue siendo robo.
Una justificación en la que se suele caer para decir que no es robo es la pobreza: "Me lo merezco porque soy pobre"; "los ricos cada vez son más ricos y los pobres tenemos que buscárnosla".
Ese pensamiento de que el pobre sí, pero el rico no, no es solo nuestro. En Bolivia desplegaron la fuerza pública la semana pasada y amenazaron con arrestos después de que se armara el caos tras salirse de la pista una aeronave que transportaba el equivalente a 7.2 millones de dólares en billetes bolivianos aún sin validez legal. Murieron 24 personas. Una turba se lanzó entre el fuselaje destruido para tomar —¿o robar?— los billetes. Se allanaron más de 20 viviendas en busca de los sustraídos. ¿Te conté que hubo muertos? Ah, sí, verdad. Es que pasaron a segundo plano.
En Japón, cámaras de seguridad grabaron cómo la gente ayudaba a un conductor a recoger una carga que se le cayó de su vehículo. Limpiaron hasta la calle. ¿Se comportaron así porque son ricos? No. Porque son honestos.
Aquí seguimos con otra lógica: el de cuello blanco es un ladrón, pero el de cuello de poloshirt no. Si continuamos durmiendo con la conciencia de que ladrón es el otro —y no yo—, nunca saldremos de este camino hacia el desarrollo que también nos deshumaniza.
Mariela Mejía