De inodoros e inundaciones sí sabemos
Por qué algunos dudan de Artemis II pero entienden un baño averiado

No tenemos absolutamente nada que ver con la misión Artemis II, salvo el papel de curiosos espectadores. Pero en algo sí nos parecemos a esos astronautas: usamos inodoro. Y el que no, su prima, la letrina.
Hasta ahí entendemos perfectamente a esos cuatro tripulantes que, como seres humanos (muy privilegiados y, admito, hasta envidiables), intentaban arreglar en su nave un inodoro espacial averiado que costó 23 millones de dólares, según la NASA.
Hasta ahí, todo natural. Todo creíble.
Lo que me sorprendió fue leer un artículo que analizaba por qué hay gente que no cree que, a la fecha en que escribo esto, cuatro astronautas estén cumpliendo una misión que los ha llevado a ver —y fotografiar— la cara oculta de la Luna y otros ángulos de ese satélite que nos mira cada noche.
Dicen que las imágenes fueron hechas con inteligencia artificial, que todo es un montaje. Necesitan ver para creer. Necesitan estar ellos mismos dentro de la nave para creer, en lugar de conformarse con una transmisión en vivo y el fondo negro de un espacio infinito.
Las teorías de conspiración van y vienen: que si nunca pisamos la Luna hace casi 57 años, que si todo fue filmado en un estudio, que si Hollywood llegó primero al espacio.
Desde la Tierra se dice cualquier cosa. Y más desde suelo dominicano, donde tenemos compatriotas con argumentos para hablar de cualquier tema, incluso de aquellos sobre los que nadie les ha pedido opinión.
Pero en el caso de Artemis II, la portavoz de la NASA, Debbie Korth, dijo algo en una conferencia de prensa que quizá explique por qué a muchos les resulta más fácil creer en un inodoro dañado dentro de una nave espacial que en astronautas haciendo historia: "Los retretes y baños espaciales son algo que todo el mundo puede entender; siempre son un desafío".
Y sí, en este país que todavía persigue el desarrollo, de inodoros sí entendemos. También de inundaciones repentinas y urbanas, porque esas sí las vemos, las sufrimos y les creemos. De esas no nos hable nadie: ahí somos catedráticos. Es más, ni un ingeniero de la NASA nos gana.

Mariela Mejía