"Venecia de Temu"
En pleno siglo XXI seguimos esperando un drenaje
Dicen los sabiondos que antes de comprar una propiedad en Santo Domingo lo ideal es ir un día de lluvia, para ver dónde se hace el charco. A esa sabiduría hoy, más que nunca, hay que hacerle caso. Aunque quizás al Gobierno no le convenga que los inversionistas extranjeros la sigan al pie de la letra, porque si vienen a la capital dominicana -y más allá- en época de aguaceros pensarán que aterrizaron en una "Venecia de Temu".
¿Quién tiene la culpa? Las autoridades se la achacan a la gente, por lanzar basura sin miramientos y tapar los imbornales. Los urbanistas se la endilgan a desarrolladores que encementan jardines y dejan poca tierra viva para el desagüe natural. Y el pueblo, claro, la devuelve al Gobierno: poca planificación, menos inversión y un drenaje pluvial millonario -y urgente- para el que no se ha dado ni el primer palazo.
¿Que no hay dinero? Bueno, el Estado paga unos 41 millones de pesos al mes por 1,284 empleados de los senadores. Sumémosle nominillas, eventos, foros... Echemos todo eso en una alcancía. A lo mejor conseguimos el inicial.
Es que hasta la poesía de la lluvia se nos esfumó. Ya no se disfrutan esas gotitas que arrullaban el sueño con su música y dibujaban una sonrisa debajo de las sábanas anhelando que nunca sea lunes. Ahora ese sonido es una amenaza. ¡Qué difícil se ha vuelto vivir en Santo Domingo!
La palabra "vulnerabilidad", tan manoseada en informes, ya no aplica solo a los más necesitados. Ahora nos incluye a todos: desde los ensanches del Distrito Nacional hasta la cañada más endiablada. Dirán desde Meteorología y el COE que estas lluvias nadie las controla, pero en estos dos últimos gobiernos se han aprobado 1,230 millones de dólares en préstamos para la resiliencia -palabra de moda- frente al cambio climático. ¿Y el resultado?
En pleno siglo XXI seguimos esperando un drenaje. ¿Habría que romper media ciudad? ¿Y cuál es el problema? Aquí estamos acostumbrados a asfaltar hoy y abrir mañana porque se olvidó una tubería. En este camino hacia el desarrollo estamos habituados a vivir rotos por todos lados... y a navegar, resignados, en esta "Venecia de Temu".

Mariela Mejía