En directo - Derechos humanos, tras las rejas

Cada año espero la salida del Informe anual sobre Derechos Humanos que publica el Departamento de Estado estadounidense. Este año no fue la excepción. Me preocupa siempre, tanto su valor indicativo respecto a la orientación política del Gobierno de Estados Unidos respecto a aliados y otros países, como mi interés personal en el tema desde inicios de la década de los 60.
Comprendo y acepto que resulta pretencioso por no decir pedante que una nación, de manera unilateral, siente en el banquillo (¿de los acusados?) a todas las demás naciones y estados soberanos, para evaluarlos. No lo justifico, aunque me lo explico así: tras la caída de la Unión Soviética en 1991, y luego de 499 años después del hallazgo castellano de América, finalizó todo un período histórico dominado por naciones europeas. A partir de ese entonces, un solo país, ha devenido centro del sistema internacional. Y precisamente, en medio de su inseguridad y de su confianza, además de su inmadurez como única superpotencia militar en la actualidad, ese país sigue dispuesto a luchar por las verdades que considera evidentes ("self evidente truths"), entre ellas, los derechos humanos.
Ese fue el interés del Congreso de Estados Unidos cuando ordenó al Poder Ejecutivo de dicha nación monitorear el desempeño de cada país en materia de derechos humanos. De manera que, al margen de las opiniones críticas que suscitan los informes anuales de derechos humanos, el lado noble de los mismos es que evidencian el "interés" por ejercer cierto dominio, pero no ya de manera inescrupulosa sino supuestamente al amparo de valores y de principios universales.
Al margen de tal propósito, sin embargo, lo preocupante es que los reportes en cuestión no contribuyen a su propósito original. Me explico.
En términos periodísticos, lo fundamental es qué sucedió, pero en términos históricos el principio y fundamento de todo es el proceso. En otras palabras, para el movimiento histórico lo importante no es saber si la botella de ron está medio vacía o medio llena, sino si se está vaciando o si se está llenando.
En la República Dominicana, cualquier observador imparcial puede reconocer que la botella no está llena, lejos de eso, empero, se ha venido tomando conciencia en todos los sectores y se combate por mejorar. Y hay que seguir mejorando, claro está, pero no hacerlo como si todo fuera más de lo mismo y de lo peor; como si aquí no hubiera nada nuevo.
Ese énfasis por los procesos, en algunos casos positivos, en otros no, es lo que un reporte tan decisivo para la política legislativa y exterior de la primera potencia mundial hoy día no debiera quedar a expensas de imberbes funcionarios diplomáticos -acosados por informes interesados de las partes- y menos aún a analistas de escritorio preocupados más que todo por lograr el beneplácito de sus superiores repitiendo los lineamientos de política que les son dictados en las altas esferas del poder.
Mientras eso siga ocurriendo, me temo que seguiremos leyendo años tras año los mismos informes. Reportes anuales edulcorados por cifras y correcciones de estilo, pero con el mismo sesgo ideológico contrario a lo nacional. Todos ellos ajenos a una realidad nacional siempre cambiante, pero que no reportan porque copian textualmente y sin comillas lo que individuos e instituciones interesadas les dictan e imponen. Mientras eso siga ocurriendo, quizás llegue el día en que esos informes sean sentados en las postrimerías del Potomac en algún banquillo porque, en verdad, los derechos humanos en este y tantos otros países del mundo los han enviado, como en la radio hacen con Tres Patines, a la reja.
Comprendo y acepto que resulta pretencioso por no decir pedante que una nación, de manera unilateral, siente en el banquillo (¿de los acusados?) a todas las demás naciones y estados soberanos, para evaluarlos. No lo justifico, aunque me lo explico así: tras la caída de la Unión Soviética en 1991, y luego de 499 años después del hallazgo castellano de América, finalizó todo un período histórico dominado por naciones europeas. A partir de ese entonces, un solo país, ha devenido centro del sistema internacional. Y precisamente, en medio de su inseguridad y de su confianza, además de su inmadurez como única superpotencia militar en la actualidad, ese país sigue dispuesto a luchar por las verdades que considera evidentes ("self evidente truths"), entre ellas, los derechos humanos.
Ese fue el interés del Congreso de Estados Unidos cuando ordenó al Poder Ejecutivo de dicha nación monitorear el desempeño de cada país en materia de derechos humanos. De manera que, al margen de las opiniones críticas que suscitan los informes anuales de derechos humanos, el lado noble de los mismos es que evidencian el "interés" por ejercer cierto dominio, pero no ya de manera inescrupulosa sino supuestamente al amparo de valores y de principios universales.
Al margen de tal propósito, sin embargo, lo preocupante es que los reportes en cuestión no contribuyen a su propósito original. Me explico.
En términos periodísticos, lo fundamental es qué sucedió, pero en términos históricos el principio y fundamento de todo es el proceso. En otras palabras, para el movimiento histórico lo importante no es saber si la botella de ron está medio vacía o medio llena, sino si se está vaciando o si se está llenando.
En la República Dominicana, cualquier observador imparcial puede reconocer que la botella no está llena, lejos de eso, empero, se ha venido tomando conciencia en todos los sectores y se combate por mejorar. Y hay que seguir mejorando, claro está, pero no hacerlo como si todo fuera más de lo mismo y de lo peor; como si aquí no hubiera nada nuevo.
Ese énfasis por los procesos, en algunos casos positivos, en otros no, es lo que un reporte tan decisivo para la política legislativa y exterior de la primera potencia mundial hoy día no debiera quedar a expensas de imberbes funcionarios diplomáticos -acosados por informes interesados de las partes- y menos aún a analistas de escritorio preocupados más que todo por lograr el beneplácito de sus superiores repitiendo los lineamientos de política que les son dictados en las altas esferas del poder.
Mientras eso siga ocurriendo, me temo que seguiremos leyendo años tras año los mismos informes. Reportes anuales edulcorados por cifras y correcciones de estilo, pero con el mismo sesgo ideológico contrario a lo nacional. Todos ellos ajenos a una realidad nacional siempre cambiante, pero que no reportan porque copian textualmente y sin comillas lo que individuos e instituciones interesadas les dictan e imponen. Mientras eso siga ocurriendo, quizás llegue el día en que esos informes sean sentados en las postrimerías del Potomac en algún banquillo porque, en verdad, los derechos humanos en este y tantos otros países del mundo los han enviado, como en la radio hacen con Tres Patines, a la reja.
Diario Libre
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