En directo - Donde soñar dejó de ser locura
Sin fútbol el mundo estaría incompleto. En el terreno de juego, cada quien presiona con todo lo que tiene con tal de seguir vivo. Cada cual empuja el balón con una idea fija: no desaprovechar la oportunidad de hacerlo bien. Buscando el milagro, el país más pobre se enfrenta al más rico y sueña a vencerle donde más duele: en el estadio. Porque en fútbol soñar dejó de ser una locura, hace muchos, muchos mundiales atrás.
Escribo desde Sudáfrica, tierra de Nelson Mandela, el líder del Siglo XX que más admiro después de Ghandi. Sudáfrica, un país donde soñar dejó de ser locura.
Desde que tuve la invaluable oportunidad de conocerle en Santa Lucía, en una Cumbre del Cariforum en 1999, visitar Sudáfrica estaba pendiente en mi agenda personal. Porque Nelson Mandela es el vivo ejemplo de que se puede ser político y decente, político y buena persona, político y soñador, político y capaz de perdonar en nombre del amor a tu país y a tu pueblo, político comprometido con mirar siempre hacia adelante. Y, para colmo, de que se puede triunfar haciéndolo.
Estar en su tierra -que tiene tanto de que avergonzarse hace tan poco y tanto de que enorgullecerse en estos años posteriores al apartheid- precisamente cuando se celebra el primer Mundial de Fútbol en suelo africano, para mí es una alegría sin nombre que se agranda al sentirla común a todos los sudafricanos. Lo mejor es que se trata de una alegría que no alcanza a sacarlos de la rutina, que no alcanza a arrancarles el hábito infantil de auscultar a los visitantes y turistas de arriba abajo, sin disimulo, como lo hacen los niños en cualquier rincón del mundo, esos que no esperan a que te des vuelta para archivarte palmo a palmo tal como eres.
Confieso que es tan fascinante como curioso. Te miran. Y te miran. Y te miran. Y al menor roce, te declaran su amistad en concreto. Nos ha pasado en el Museo Mamá África con unas chicas que nos abrazaron; con una cantante a la que conocimos en un concierto y que me plantó un beso sin permiso cuando supo que veníamos de República Dominicana: "Vi la solidaridad del pueblo dominicano por televisión cuando el terremoto de Haití y quisiera agradecerles desde mi corazón de africana". Nos pasó con el arquitecto propietario del apartamento en que nos alojamos: se levantó a las cuatro de la mañana y manejó más de doscientos kilómetros para que pudiéramos disfrutar el despertar de la reserva silvestre más próxima a esta muy bien nombrada Ciudad de Oro. Aquí comprobamos, cada día, que la amabilidad no es patrimonio sólo de dominicanos y dominicanas.
Sudáfrica es fascinante con su gente de todas las razas, religiones o etnias que hormiguean y se comunican en once diferentes lenguas, todas oficiales. Este país tan distinto y tan igual al resto de los países africanos es precioso. Es un milagro lleno de contrastes y de gente que entiende como un reto -y no como un problema- los rezagos discriminatorios, la inmigración de otros nacionales africanos, la crisis económica.
En el partido que Uruguay le ganó a Ghana -el único equipo africano sobreviviente en cuartos de final-, viendo a los sudafricanos apoyar con toda la fuerza de sus vuvuzelas a los ghaneses recordé a Albert Camus cuando dijo una vez que la Patria es la selección nacional de fútbol. Ghana y sus Black Stars eran más, eran África.
Cada Mundial se resume en dos palabras. Este de 2010 es fútbol y patria, o fútbol y África. Mamá África. John Carlin, autor de "El factor humano", libro maravilloso que relata la historia de la reconciliación de Sudáfrica alrededor de un partido de rugby en 1995 -el "Invictus" de Morgan Freeman-, en sus excelentes reseñas sobre el Mundial en El País, se refirió al tema nacional y racial a propósito de la estrepitosa eliminación de la favorita selección de Francia por la de Sudáfrica. "Francia es un país rico con una democracia antigua y una tradición cultural sin parangón. Pero hoy los franceses miran a Sudáfrica y sólo pueden sentir envidia y admiración." Este Mundial ha servido para comprobar que -superada la confrontación entre razas- el país se concentra en fortalecer y en compartir como ningún otro "una sensación unánime de nación."
Y es que aquí, por suerte, se confirma que soñar sigue siendo la triquiñuela que se burla hasta del más riguroso arbitraje de la Fifa. Escapa a las tarjetas amarillas, rojas, Visas. Porque en una auténtica expresión de libertad al aire libre como es esto del fútbol, soñar dejó de ser, hace muchos, muchos mundiales atrás, una locura.
¡Vivan los que sueñan!
Escribo desde Sudáfrica, tierra de Nelson Mandela, el líder del Siglo XX que más admiro después de Ghandi. Sudáfrica, un país donde soñar dejó de ser locura.
Desde que tuve la invaluable oportunidad de conocerle en Santa Lucía, en una Cumbre del Cariforum en 1999, visitar Sudáfrica estaba pendiente en mi agenda personal. Porque Nelson Mandela es el vivo ejemplo de que se puede ser político y decente, político y buena persona, político y soñador, político y capaz de perdonar en nombre del amor a tu país y a tu pueblo, político comprometido con mirar siempre hacia adelante. Y, para colmo, de que se puede triunfar haciéndolo.
Estar en su tierra -que tiene tanto de que avergonzarse hace tan poco y tanto de que enorgullecerse en estos años posteriores al apartheid- precisamente cuando se celebra el primer Mundial de Fútbol en suelo africano, para mí es una alegría sin nombre que se agranda al sentirla común a todos los sudafricanos. Lo mejor es que se trata de una alegría que no alcanza a sacarlos de la rutina, que no alcanza a arrancarles el hábito infantil de auscultar a los visitantes y turistas de arriba abajo, sin disimulo, como lo hacen los niños en cualquier rincón del mundo, esos que no esperan a que te des vuelta para archivarte palmo a palmo tal como eres.
Confieso que es tan fascinante como curioso. Te miran. Y te miran. Y te miran. Y al menor roce, te declaran su amistad en concreto. Nos ha pasado en el Museo Mamá África con unas chicas que nos abrazaron; con una cantante a la que conocimos en un concierto y que me plantó un beso sin permiso cuando supo que veníamos de República Dominicana: "Vi la solidaridad del pueblo dominicano por televisión cuando el terremoto de Haití y quisiera agradecerles desde mi corazón de africana". Nos pasó con el arquitecto propietario del apartamento en que nos alojamos: se levantó a las cuatro de la mañana y manejó más de doscientos kilómetros para que pudiéramos disfrutar el despertar de la reserva silvestre más próxima a esta muy bien nombrada Ciudad de Oro. Aquí comprobamos, cada día, que la amabilidad no es patrimonio sólo de dominicanos y dominicanas.
Sudáfrica es fascinante con su gente de todas las razas, religiones o etnias que hormiguean y se comunican en once diferentes lenguas, todas oficiales. Este país tan distinto y tan igual al resto de los países africanos es precioso. Es un milagro lleno de contrastes y de gente que entiende como un reto -y no como un problema- los rezagos discriminatorios, la inmigración de otros nacionales africanos, la crisis económica.
En el partido que Uruguay le ganó a Ghana -el único equipo africano sobreviviente en cuartos de final-, viendo a los sudafricanos apoyar con toda la fuerza de sus vuvuzelas a los ghaneses recordé a Albert Camus cuando dijo una vez que la Patria es la selección nacional de fútbol. Ghana y sus Black Stars eran más, eran África.
Cada Mundial se resume en dos palabras. Este de 2010 es fútbol y patria, o fútbol y África. Mamá África. John Carlin, autor de "El factor humano", libro maravilloso que relata la historia de la reconciliación de Sudáfrica alrededor de un partido de rugby en 1995 -el "Invictus" de Morgan Freeman-, en sus excelentes reseñas sobre el Mundial en El País, se refirió al tema nacional y racial a propósito de la estrepitosa eliminación de la favorita selección de Francia por la de Sudáfrica. "Francia es un país rico con una democracia antigua y una tradición cultural sin parangón. Pero hoy los franceses miran a Sudáfrica y sólo pueden sentir envidia y admiración." Este Mundial ha servido para comprobar que -superada la confrontación entre razas- el país se concentra en fortalecer y en compartir como ningún otro "una sensación unánime de nación."
Y es que aquí, por suerte, se confirma que soñar sigue siendo la triquiñuela que se burla hasta del más riguroso arbitraje de la Fifa. Escapa a las tarjetas amarillas, rojas, Visas. Porque en una auténtica expresión de libertad al aire libre como es esto del fútbol, soñar dejó de ser, hace muchos, muchos mundiales atrás, una locura.
¡Vivan los que sueñan!
Diario Libre
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