En directo - IMáGENES DE PUERTO PRíNCIPE ANTES DEL TERREMOTO
Ahora que Puerto Príncipe fue reducido a escombros por el terremoto del 12 de enero, quiero evocar las imágenes de la capital haitiana tal como las registré meses antes, en julio de 2009, en visita a la Universidad del Estado de Haití, junto a otros profesores del Instituto Tecnológico de Santo Domingo.
Llegué realmente asustado a Puerto Príncipe. Mi aprensión no era infundada. Los relatos sobre asesinatos, secuestros, robos, etc., se propagaban allende la frontera, sin contar la violencia mucho más peligrosa generada por la ya crónica inestabilidad política en Haití.
Pero mi contacto con esa ciudad fue provechoso. Las cosas no eran como me las habían contado. La impresión prejuiciada fue derrumbándose, mi temor despejándose. La Minustah, la fuerza armada de la ONU, había traído cierta seguridad.
La ciudad era pobre, las personas y las casas eran de un nivel perentorio. Encontré una muchedumbre menesterosa pero laboriosa que se desvivía cada día por subsistir, sobre todo vendiendo todo tipo de chucherías en todas partes. Pero esa gente no era tan detestable como yo creía. Había rostros sonrientes, y movimientos de vida y de comercio. Había cosas vistosas y acogedoras.
Por tanto, no me encontré con ninguna realidad que me impidiera disfrutar el viaje. Le Plaza Hotel, donde nos hospedábamos, no era soberbio como el Hotel Montana, hoy destruido. Era un hotel antiguo, típico, enclavado en una amplia vegetación. Era modesto pero cómodo. Estaba en el centro de la ciudad, a un costado de la plaza principal, Champs de Mars, cerca del Palacio Presidencial.
En la parte céntrica, Puerto Príncipe guardaba huellas de un lejano esplendor. De una belle epoque. La enorme plaza fue bella una vez, pero estaba abandonada; el Palacio Presidencial, blanco, al estilo de la Casa Blanca de Washington, y respetable una vez, parecía el símbolo de un poder inexistente. La zona colonial, con numerosos edificios al estilo victoriano, estaba convertida en mugre y destrozos, al igual que los edificios gubernamentales. El Hotel Oloffson, en la Av. Christophe, fue una vez un centro de diversión famoso en donde se hacían fantásticos espectáculos como en el Tropicana de La Habana, y las estrellas de cine de Hollywood de los años cuarenta se exhibían en el decoro de ensueño de la fantástica construcción. Todavía está en pie, exhibiendo sus nobles ruinas.
Los fantasmas de franceses colonialistas, intelectuales afrancesados, dictadores ilustrados, líderes políticos ineptos y corruptos y gánsteres internacionales de todas layas, se paseaban orondos en ese Puerto Príncipe de antaño, en época en que todos esos buitres consumieron el patrimonio legado por los Loverture y los Dessalines, cayendo como una especie de maldición sobre el pobre Haití. Y las cosas y las gentes se fueron ensuciando y deteriorando, sometidos al abandono, y el esplendor se transformó en ruinas; ruinas sucias y rotas que aún son huellas de lo que fue la ciudad orgullo de todos los pueblos libres del mundo.
Lo decía el poeta Machado: donde haya pan y vino tengo mi hogar. Así era. Mi hotel contaba con una cafetería donde se ofrecían platos criollos e internacionales y se podía disfrutar un rico grillot (trozos de cerdo fritos), un sabroso plato de mai mulé (nuestro chenchén) y un buen trago de ron Barbancourt.
Lo mejor de ese lugar era que estando en el centro de la ciudad uno se sentía como retirado en una quinta. No penetraba ahí el afán la ciudad populosa y áspera. Ahí estábamos guarecidos de la muchedumbre ansiosa y el desorden de la ciudad, sentidos por los turistas como agresores en acecho. Sobre todo, porque no estábamos tan lejos de la Calle Grande, la calle más poblada, más sucia y más deprimente que he visto, donde conviven personas, aguas negras, pobreza, buhoneros por doquier, ruidos y prostitutas, incluyendo las dominicanas. Ahí, como en todo Puerto Príncipe, el transporte en taptap, los autobuses coloridos, es un caos enorme.
Lo más terrible en Puerto Príncipe era la sensación de desorden y desgobierno que se respiraba en cada esquina. El caos imperante era lo más desastroso. Y sobre todo, el enorme contraste social entre Petion Ville, ciudad de millonarios y extranjeros, y el resto de la ciudad.
"¡Estamos en Haití!" Esa voz describía el comportamiento generalizado de los habitantes, como diciendo: todo aquí esta permitido, no hay que obedecer ninguna regla, ninguna ley o autoridad, que no sea la de la sobrevivencia a como dé lugar. Eso se veía en el transporte urbano, en el que los vehículos doblan en U en cualquier vía entorpeciendo la circulación y en la cantidad de buhoneros en todas partes, haciendo del emporcado Puerto Príncipe un solo y asqueroso mercado informal.
Dentro de ese caos, el trato con la gente común en la calle y con nuestros colegas de la Universidad, nos hizo entender de inmediato, la idiosincrasia del pueblo haitiano. Es un pueblo que, a pesar de las extremas carencias en que vive, es dueño de un orgullo inexplicable a los ojos de los extranjeros, quienes a menudo asocian la vida digna de los pueblos al confort material.
Salvo en Petion Ville y en los hoteles, la realidad material es poco digna y estimulante. La pobreza extrema reduce a nada a la mayoría de la gente. Sin embargo, la ausencia de dignidad en las cosas contrasta notablemente con la fuerte presencia de dignidad en esas personas.
Esa dignidad intrínseca de los haitianos fue mi mejor impresión del Puerto Príncipe antes del terremoto.
matosmoquete@hotmail.com
Llegué realmente asustado a Puerto Príncipe. Mi aprensión no era infundada. Los relatos sobre asesinatos, secuestros, robos, etc., se propagaban allende la frontera, sin contar la violencia mucho más peligrosa generada por la ya crónica inestabilidad política en Haití.
Pero mi contacto con esa ciudad fue provechoso. Las cosas no eran como me las habían contado. La impresión prejuiciada fue derrumbándose, mi temor despejándose. La Minustah, la fuerza armada de la ONU, había traído cierta seguridad.
La ciudad era pobre, las personas y las casas eran de un nivel perentorio. Encontré una muchedumbre menesterosa pero laboriosa que se desvivía cada día por subsistir, sobre todo vendiendo todo tipo de chucherías en todas partes. Pero esa gente no era tan detestable como yo creía. Había rostros sonrientes, y movimientos de vida y de comercio. Había cosas vistosas y acogedoras.
Por tanto, no me encontré con ninguna realidad que me impidiera disfrutar el viaje. Le Plaza Hotel, donde nos hospedábamos, no era soberbio como el Hotel Montana, hoy destruido. Era un hotel antiguo, típico, enclavado en una amplia vegetación. Era modesto pero cómodo. Estaba en el centro de la ciudad, a un costado de la plaza principal, Champs de Mars, cerca del Palacio Presidencial.
En la parte céntrica, Puerto Príncipe guardaba huellas de un lejano esplendor. De una belle epoque. La enorme plaza fue bella una vez, pero estaba abandonada; el Palacio Presidencial, blanco, al estilo de la Casa Blanca de Washington, y respetable una vez, parecía el símbolo de un poder inexistente. La zona colonial, con numerosos edificios al estilo victoriano, estaba convertida en mugre y destrozos, al igual que los edificios gubernamentales. El Hotel Oloffson, en la Av. Christophe, fue una vez un centro de diversión famoso en donde se hacían fantásticos espectáculos como en el Tropicana de La Habana, y las estrellas de cine de Hollywood de los años cuarenta se exhibían en el decoro de ensueño de la fantástica construcción. Todavía está en pie, exhibiendo sus nobles ruinas.
Los fantasmas de franceses colonialistas, intelectuales afrancesados, dictadores ilustrados, líderes políticos ineptos y corruptos y gánsteres internacionales de todas layas, se paseaban orondos en ese Puerto Príncipe de antaño, en época en que todos esos buitres consumieron el patrimonio legado por los Loverture y los Dessalines, cayendo como una especie de maldición sobre el pobre Haití. Y las cosas y las gentes se fueron ensuciando y deteriorando, sometidos al abandono, y el esplendor se transformó en ruinas; ruinas sucias y rotas que aún son huellas de lo que fue la ciudad orgullo de todos los pueblos libres del mundo.
Lo decía el poeta Machado: donde haya pan y vino tengo mi hogar. Así era. Mi hotel contaba con una cafetería donde se ofrecían platos criollos e internacionales y se podía disfrutar un rico grillot (trozos de cerdo fritos), un sabroso plato de mai mulé (nuestro chenchén) y un buen trago de ron Barbancourt.
Lo mejor de ese lugar era que estando en el centro de la ciudad uno se sentía como retirado en una quinta. No penetraba ahí el afán la ciudad populosa y áspera. Ahí estábamos guarecidos de la muchedumbre ansiosa y el desorden de la ciudad, sentidos por los turistas como agresores en acecho. Sobre todo, porque no estábamos tan lejos de la Calle Grande, la calle más poblada, más sucia y más deprimente que he visto, donde conviven personas, aguas negras, pobreza, buhoneros por doquier, ruidos y prostitutas, incluyendo las dominicanas. Ahí, como en todo Puerto Príncipe, el transporte en taptap, los autobuses coloridos, es un caos enorme.
Lo más terrible en Puerto Príncipe era la sensación de desorden y desgobierno que se respiraba en cada esquina. El caos imperante era lo más desastroso. Y sobre todo, el enorme contraste social entre Petion Ville, ciudad de millonarios y extranjeros, y el resto de la ciudad.
"¡Estamos en Haití!" Esa voz describía el comportamiento generalizado de los habitantes, como diciendo: todo aquí esta permitido, no hay que obedecer ninguna regla, ninguna ley o autoridad, que no sea la de la sobrevivencia a como dé lugar. Eso se veía en el transporte urbano, en el que los vehículos doblan en U en cualquier vía entorpeciendo la circulación y en la cantidad de buhoneros en todas partes, haciendo del emporcado Puerto Príncipe un solo y asqueroso mercado informal.
Dentro de ese caos, el trato con la gente común en la calle y con nuestros colegas de la Universidad, nos hizo entender de inmediato, la idiosincrasia del pueblo haitiano. Es un pueblo que, a pesar de las extremas carencias en que vive, es dueño de un orgullo inexplicable a los ojos de los extranjeros, quienes a menudo asocian la vida digna de los pueblos al confort material.
Salvo en Petion Ville y en los hoteles, la realidad material es poco digna y estimulante. La pobreza extrema reduce a nada a la mayoría de la gente. Sin embargo, la ausencia de dignidad en las cosas contrasta notablemente con la fuerte presencia de dignidad en esas personas.
Esa dignidad intrínseca de los haitianos fue mi mejor impresión del Puerto Príncipe antes del terremoto.
matosmoquete@hotmail.com
Manuel Matos Moquete
Manuel Matos Moquete